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miércoles, 9 de septiembre de 2026

JESÚS LE HABLA DE LA NADA Y DEL AMOR QUE LE LLEVA



                    Jesús continúa viniendo, pero con un aspecto todo nuevo. Parecía que de Su Corazón Bendito salía un tronco de árbol que tenía tres raíces distintas, y este tronco, de Su Corazón entraba en el mío, y saliendo de mi corazón el tronco formaba tantas bellas ramas cargadas de flores, de frutos, de perlas y de piedras preciosas, resplandecientes como estrellas fulgidísimas. Ahora, mi amante Jesús, viéndose a la sombra de este árbol, se recreaba todo, mucho más que del árbol caían tantas perlas que formaban un bello adorno a Su Santísima Humanidad. Mientras estaba en esta posición me ha dicho:

                    “Hija Mía amadísima, las tres raíces que ves que contiene este árbol son: la Fe, la Esperanza y la Caridad. Y lo que tú ves que este tronco sale de Mí y se introduce en tu corazón, significa que no hay bien que posean las almas que no venga de Mí; así que después de la Fe, la Esperanza y la Caridad, el primer desarrollo que hace este tronco es el hacer conocer que todo el Bien viene de Dios, que de ellas no tienen otra cosa que su propia nada, y que esta nada no hace otra cosa que darme la libertad de hacerme entrar en ellas y hacerme obrar lo que quiero; mientras que hay otras nadas, esto es, otras almas, que con la libre voluntad que tienen se oponen, entonces, faltando este conocimiento, el tronco no produce ni ramas ni frutos, ni ninguna otra cosa de bueno. Las ramas que contiene este árbol, con todo el aparato de las flores, frutos, perlas y piedras preciosas, son todas las diversas virtudes que puede poseer el alma. Ahora, ¿quién ha dado la vida a este árbol tan bello? Ciertamente las raíces, esto significa que la Fe, la Esperanza y la Caridad abrazan todo, contienen todas las virtudes, tanto, que son puestas como base y fundamento del árbol, y sin ellas no se puede producir ninguna otra virtud”. 

                    Así que he comprendido también que las flores significan las virtudes, los frutos los sufrimientos, las piedras preciosas y las perlas el sufrir únicamente por el solo Amor de Dios. He aquí por qué aquellas perlas que caían formaban ese bello ornamento a Nuestro Señor. Ahora, mientras Jesús se sentaba a la sombra de este árbol, me miraba con ternura toda paterna, entonces, tomado por un rapto amoroso, que parecía que no podía contener en Sí, abrazándome fuertemente ha comenzado a decir:

                    “¡Cómo eres bella! Tú eres Mi candorosa paloma, Mi amada morada, Mi templo vivo, en el cual unido con el Padre y el Espíritu Santo Me complazco en deleitarme. Tu continuo penar por Mí Me alivia y consuela de las continuas ofensas que Me hacen las criaturas. Debes saber que es tanto el Amor que te tengo, que estoy obligado a esconderlo en parte, para hacer que tú no enloquezcas y puedas vivir, porque si te lo hiciese ver no sólo enloquecerías, sino que no podrías continuar viviendo, tu débil naturaleza quedaría consumada por las llamas de Mi Amor”.

                    Mientras esto decía yo me sentía toda confundir y aniquilar, y me sentía hundir en el abismo de mi nada, porque me veía toda imperfecta, especialmente notaba mi ingratitud y frialdad a las tantas gracias que el Señor me hace. Pero espero que todo redunde a Su Gloria y Honor, esperando con firme confianza que en un esfuerzo de Su Amor quiera vencer mi dureza.


 Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 2, 9 de Septiembre de 1899


sábado, 8 de agosto de 2026

EL ALMA RESIGNADA ESTÁ SIEMPRE EN REPOSO



                    Continúa haciéndose ver apenas y casi enojado con los hombres y por más que le he pedido que derramara en mí sus amarguras, ha sido imposible y sin prestarme atención a lo que le decía, me ha dicho: 

                    “La resignación absorbe todo lo que puede ser de pena o de disgusto a la naturaleza y lo convierte en dulce; y siendo mi Ser pacífico, tranquilo, de modo que cualquier cosa que pueda suceder en el Cielo y en la tierra no puede recibir ni siquiera el más mínimo aliento de turbación, entonces la resignación tiene la virtud de injertar en el alma estas mismas virtudes mías. El alma resignada está siempre en reposo, no sólo ella, sino que Me hace reposar tranquilamente también a Mí en ella.”


Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 2, 8 de Agosto de 1899



sábado, 1 de agosto de 2026

SILENCIO Y LLANTO DE JESÚS POR LAS CRIATURAS. HABLA ACERCA DE LA PUREZA



                    Esta mañana mi suavísimo Jesús, transportándome fuera de mí misma, me hacía ver la corrupción en la cual ha caído el género humano. ¡Da horror pensarlo! Mientras me encontraba en medio de estas gentes, Jesús decía casi llorando: “¡Oh hombre, cómo te has desfigurado, deformado, desnoblecido!, ¡oh hombre, Yo te hice para que fueras Mi templo vivo, y tú en cambio te has hecho habitación del Demonio!; mira aun las plantas, con estar cubiertas de hojas, de flores y frutos, te enseñan la honestidad, el pudor que tú debes tener de tu cuerpo, y tú habiendo perdido todo pudor y también la vergüenza natural que deberías tener, te has vuelto peor que las bestias, tanto que no tengo más a quien compararte. Tú eras Mi imagen, pero ahora no te reconoces más, más bien Me das tanto horror por tus impurezas, que Me da náuseas el verte, y tú mismo Me obligas a huir de ti”. 

                    Mientras Jesús así decía, yo me sentía desgarrar por el dolor al ver tan amargado a mi amado Jesús, por eso le he dicho: “Señor, tienes razón de que no encuentras más nada de bien en el hombre y que ha llegado a tal ceguera, que no sabe ya ni siquiera respetar las leyes de la naturaleza, entonces si quieres ver al hombre, no harás otra cosa que mandar castigos, por eso te pido que mires Tu Misericordia y así será remediado todo”. Mientras así decía, Jesús me ha dicho:

                    “Hija, dame tú un alivio a Mis penas”.

                    Al decir esto, se ha quitado la corona de espinas que parecía encarnada en Su adorable cabeza y me la ha clavado en la mía, yo sentía un dolor fortísimo, pero estaba contenta de que Jesús se reconfortara. Después de esto me ha dicho:

                    “Hija, Yo amo grandemente a las almas puras, y así como de las impuras estoy obligado a huir, de las puras en cambio como por un imán Soy atraído a hacer morada en ellas. A las almas puras con gusto les presto Mi boca para hacerlas hablar con Mi misma lengua, así que no se fatigan para convertir a las almas; en dichas almas Yo Me complazco no sólo de continuar en ellas Mi Pasión, y así continuar aun la Redención, sino lo que es más, Me complazco sumamente de glorificar en ellas Mis mismas virtudes”.


Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 2, 1 de Agosto de 1899



martes, 21 de octubre de 2025

LOS BIENES TERRENOS DEBEN SERVIR PARA LA SANTIFICACIÓN, NO PARA SER ÍDOLOS PARA EL HOMBRE. CAUSA DE LOS CASTIGOS



                    Después de haber pasado días amarguísimos de privación, me sentía cansada y sin fuerzas, si bien iba ofreciendo estas mismas penas diciendo: “Señor, Tú sabes cuánto me cuesta el estar privada de Ti, pero me resigno a Tu Santa Voluntad, ofreciendo esta pena acerbísima como medio para atestiguarte mi amor y aplacarte. Estos tedios, fastidios, flaquezas, frialdades que siento, tengo intención de enviártelos como mensajeros de alabanzas y de reparaciones por mí y por todas las criaturas; esto tengo y esto Te ofrezco. Es cierto que Tú aceptas el sacrificio de la buena voluntad cuando se Te ofrece lo que uno puede sin reserva alguna, pero ven, porque no puedo más”. 

                    Muchas veces me venía la tentación de conformarme a la justicia y pensaba que la causa por la que no venía era yo misma, porque cuando Jesús, en los días pasados me había dicho que si no me conformaba lo obligaría a que no viniera y a no decirme más nada para no tenerme descontenta, pero no tenía ánimo de hacerlo, mucho más porque la obediencia no lo consentía. 

                    Mientras me encontraba entre estas amarguras, primero ha venido una luz, con una voz que decía: “A medida que el hombre se entromete en las cosas terrenas, así se aleja y pierde la estima de los bienes eternos. Yo he dado las riquezas para que se sirvan de ellas para su santificación, pero se han servido de ellas para ofenderme y formar un ídolo para su corazón, y Yo destruiré a las personas y a las riquezas junto con ellas”. 

                    Después de esto he visto a mi amadísimo Jesús, pero tan sufriente, ofendido y airado con las gentes, que daba terror. Yo súbito he comenzado a decirle: “Señor, Te ofrezco Tus Llagas, Tu Sangre, el uso santísimo de Tus Santísimos Sentidos que hiciste en el curso de Tu vida mortal, para repararte las ofensas y el mal uso de los sentidos que hacen las criaturas”. 

                    Y Jesús, tomando un aspecto serio y casi airado ha dicho: “¿Sabes tú cómo han llegado a ser los sentidos de las criaturas?. Como aquellos rugidos de las bestias feroces, que con sus rugidos alejan a los hombres en vez de atraerlos. Es tanta la podredumbre y la multiplicidad de las culpas que sale de sus sentidos, que me obligan a huir”. 

                    Y yo: “¡Ah! Señor, como Te veo enojado. Si Tú quieres continuar mandando castigos, yo me quiero ir al Cielo, o bien quiero salir de este estado. ¿En qué aprovecha estar en él si ya no puedo más ofrecerme víctima para librar a las gentes?.” 

                    Y Él, hablándome serio, tanto que me sentía aterrar, me ha dicho: “Tú quieres tocar los dos extremos, o que no haga nada, o que tú te quieres venir. ¿No te contentas conque las gentes sean perdonadas en parte?. ¿Crees tú que Corato sea el mejor y el que menos me ofende?. ¿Y el que lo haya perdonado en parte en comparación de las otras ciudades es cosa de nada?. Por eso conténtate y cálmate, y mientras Yo me ocupo en castigar a las gentes, tú acompáñame con tus suspiros y con tus sufrimientos, pidiéndome que los mismos castigos sirvan para la conversión de los pueblos”.


 Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 2, 21 de Octubre de 1899



miércoles, 1 de octubre de 2025

JESÚS HABLA CON AMARGURA DE LOS ABUSOS DE LOS SACRAMENTOS



                    Esta mañana Jesús seguía haciéndose ver en silencio, pero con un aspecto afligidísimo, y tenía clavada en la cabeza una tupida corona de espinas; mis potencias interiores las sentía en silencio y no se atrevían a decir una sola palabra; viendo que sufría mucho en la cabeza he extendido mis manos y poco a poco le he quitado la corona, pero, ¡qué acerbo espasmo sufría, cómo se abrían las heridas y la sangre corría a ríos! A decir verdad era cosa que desgarraba el alma. 

                    Después de haberle quitado la corona de espinas la he puesto sobre mi cabeza, y Él mismo ayudaba a que penetrara bien, pero todo era silencio por ambas partes. Pero cuál ha sido mi asombro, porque poco después lo he mirado de nuevo y le estaban poniendo otra corona de espinas con las ofensas que le hacían. ¡Oh perfidia humana!. ¡Oh incomparable paciencia de mi Jesús, cuán grande eres!. Y Jesús callaba y casi no los veía para no saber quiénes eran sus ofensores. 

                    Entonces de nuevo se la he quitado, y avivándose todas mis potencias interiores por una tierna compasión, le he dicho: “Amado Bien mío, dulce vida mía, ¿dime por qué no me dices nada?. No ha sido jamás Tu costumbre esconderme Tus secretos. ¡Ah!, hablemos un poco, así desahogaremos un poco el dolor y el amor que nos oprime”. 

                    Y Él: “Hija Mía, tú eres el alivio en Mis penas. Sin embargo debes saber que no te digo nada porque tú Me obligas siempre a no castigar a las gentes, quieres oponerte a Mi Justicia, y si no hago como tú quieres quedas descontenta y Yo siento una pena de más, o sea el no tenerte contenta, así que para evitar disgustos por ambas partes mejor hago silencio”. 

                    Y yo: “Mi buen Jesús, ¿acaso has olvidado cuánto sufres Tú mismo después de que has usado la Justicia?. El verte sufrir en las criaturas es lo que me decide a forzarte para que no castigues a la gente. Y además, ese ver a las mismas criaturas volverse contra Ti como tantas víboras venenosas, que si estuviera en su poder ya Te hubieran quitado la vida, porque se ven bajo Tus flagelos, y así irritan más Tu Justicia, no me da valor para decir Fiat Voluntas Tua”. 

                    Y Él: “Mi Justicia no puede seguir más allá; Me siento herir por todos, por Sacerdotes, por devotos, por seglares, especialmente por el abuso de los Sacramentos: quien no les presta ninguna atención, agregando los desprecios; quienes frecuentándolos, de ellos hacen una plática de placer, y quien no estando satisfecho en sus caprichos, llega por esto a ofenderme. ¡Oh! cómo queda desgarrado Mi Corazón al ver reducidos los Sacramentos como aquellas cuadros pintados, o como aquellas estatuas de piedra que de lejos parecen vivas, pero si se acerca uno se comienza a descubrir el engaño; y entonces si se hace por tocarlas, ¿qué cosa se encuentra?. Papel, piedra, madera, objetos inanimados, y se queda desengañado del todo. Así son reducidos los Sacramentos, para la mayor parte no hay otra cosa que la sola apariencia y quedan más sucios que limpios. 

                    Y además, el espíritu de interés que reina en los Religiosos, es para llorar, ¿no te parece que son todo ojos ahí donde hay una miserable ganancia, hasta llegar a envilecer su dignidad?. Pero donde no está el interés no tienen manos ni pies para moverse ni siquiera un poquito. Este espíritu de interés les llena tanto el interior, que desborda al exterior y hasta los mismos seglares sienten la peste, y escandalizados no tienen fe en sus palabras. ¡Ah sí, ninguno deja de ofenderme!; hay quien Me ofende directamente, y quien, pudiendo impedir tanto mal, no se preocupa en hacerlo, así que no tengo a quién dirigirme. Pero Yo los castigaré de manera de hacerlos inútiles, y a quién destruiré perfectamente, llegarán a tanto, que quedarán desiertas las iglesias, sin tener quien administre los Sacramentos”.

                    Interrumpiendo su decir, toda espantada he dicho: “Señor, ¿qué dices?. Si hay quienes abusan de los Sacramentos, también hay muchas hijas buenas que los reciben con las debidas disposiciones y sufren mucho si no los frecuentan”. 

                    Y Él: “Demasiado escaso es su número, y además su pena por no poder recibirlos, servirá como una reparación a Mí y para ser víctimas por aquellos que abusan”. 

                    ¿Quién puede decir cómo he quedado herida por este hablar de Jesús Bendito?. Pero espero que quiera aplacarse por Su Infinita Misericordia.


 Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 2, 1 de Octubre de 1899



viernes, 19 de septiembre de 2025

JESÚS HABLA DE LA FE, DE LA ESPERANZA Y LA CARIDAD



                    Encontrándome esta mañana un poco turbada, especialmente por el temor de que no sea Jesús quien viene sino el demonio, y de que mi estado no sea Voluntad de Dios, mientras me encontraba en esta agitación, ha venido mi adorable Jesús y me ha dicho: “Hija Mía, no quiero que pierdas el tiempo, pensando en esto tú te distraes de Mí y me haces faltar el alimento para nutrirme, lo que quiero es que pienses solamente en amarme y en estarte toda abandonada en Mí, así me prepararás un alimento muy agradable, y no de vez en cuando como harías si continuases haciendo así, sino continuamente. ¿Y no sería esto tu grandísimo contento, que tu voluntad, con estar abandonada en Mí y con el amarme, fuese alimento para Mí, tu Dios?”.

                    Después de esto me ha hecho ver Su Corazón y dentro tenía tres globos de luz distintos, que después formaban uno solo, y Jesús volviendo a hablar me ha dicho:  “Los globos de luz que ves en Mi Corazón son la Fe, la Esperanza y la Caridad, que traje a la tierra para hacer feliz al hombre sufriente, ofreciéndoselos en don; ahora, también a ti te quiero hacer un don más especial”. 

                    Y mientras así decía, de aquellos globos de luz salían como tantos hilos de luz que inundaban mi alma, formando como una especie de red, y yo quedaba dentro. Y Jesús: “Mira en lo que quiero que ocupes tu alma: primero vuela con las alas de la Fe y sumergiéndote en esa Luz conocerás y adquirirás siempre nuevas noticias de Mí, tu Dios, pero al conocerme más tu nada se sentirá casi dispersa, y no tendrás donde apoyarte. Pero tú elévate más y arrojándote en el mar inmenso de la Esperanza, el cual son todos Mis Méritos que adquirí en el curso de Mi vida mortal, y todas las penas de Mi Pasión que también de ellas hice don al hombre, y sólo por medio de estos puedes esperar los bienes inmensos de la Fe, porque no hay otro medio para poderlos obtener. Entonces, sirviéndote de estos Mis Méritos como si fuesen tuyos, tu nada no se sentirá más dispersa y hundida en el abismo de la nada, sino que adquiriendo nueva vida quedará embellecida, enriquecida en modo tal de atraerse las mismas miradas divinas; y entonces no más tímida, sino que la Esperanza le suministrará el valor, la fuerza, de modo de volver al alma estable como columna, expuesta a todas las inclemencias del aire, como son las diferentes tribulaciones de la vida, que no la moverán nada, y la Esperanza hará que el alma no sólo se sumerja sin temor en las inmensas riquezas de la Fe, sino que se volverá dueña y llegará a tanto con la Esperanza, de hacer suyo al mismo Dios. 

                    ¡Ah! sí, la Esperanza hace llegar al alma hasta donde quiere, la Esperanza es la Puerta del Cielo, así que sólo por su medio se abre, porque quien todo espera, todo obtiene. Entonces el alma, cuando haya llegado a hacer suyo al mismo Dios, súbito, sin ningún obstáculo se encontrará en el océano inmenso de la Caridad, y ahí llevando consigo la Fe y la Esperanza, se sumergirá dentro y hará una sola cosa Conmigo, su Dios”.

                    El amantísimo Jesús continúa diciendo: “Si la Fe es el rey y la Caridad es la reina, la Esperanza es como madre pacificadora que pone paz en todo, porque con la Fe y la Caridad puede haber tribulaciones, pero la Esperanza, siendo vínculo de paz, convierte todo en paz. La Esperanza es sostén, la Esperanza es alivio, y cuando el alma elevándose con la Fe ve la belleza, la santidad, el amor con el cual es amada por Dios, se siente atraída a amarlo, pero viendo su insuficiencia, lo poco que hace por Dios, el cómo debería amarlo y no lo ama, se siente desconsolada, turbada y casi no se atreve a acercarse a Dios; entonces, enseguida sale esta madre pacificadora de la Esperanza, y poniéndose en medio de la Fe y la Caridad comienza a hacer su oficio de poner paz, así que pone en paz de nuevo al alma, la empuja, la eleva, le da nuevas fuerzas y llevándola ante el rey de la Fe y la reina de la Caridad, excusa al alma, pone ante el alma nueva efusión de sus méritos y les pide que la quieran recibir, y la Fe y la Caridad, teniendo en la mira sólo a esta madre pacificadora, tan tierna y llena de compasión, reciben al alma y Dios forma la delicia del alma, y el alma la delicia de Dios”. 

                    ¡Oh Santa Esperanza, cómo eres admirable! Yo me imagino ver al alma que es poseída por esta bella Esperanza, como un noble viajero que camina para ir a tomar posesión de unas tierras que formarán toda su fortuna, pero como es desconocido y viaja por tierras que no son suyas, quién lo escarnece, quién lo insulta, quién lo despoja de sus vestidos y quién llega hasta golpearlo y a amenazarlo con quitarle la piel, ¿y el noble viajero qué hace en todas estas dificultades? ¿Se turbará? ¡Ah, no, jamás!, más bien no tomará en cuenta a aquellos que le hacen todo esto, y conociendo bien que mientras más sufrirá, tanto más será honrado y glorificado cuando llegue a tomar posesión de sus tierras, por eso él mismo incita a la gente para que lo atormenten más. 

                    Pero él siempre está tranquilo, goza la más perfecta paz, y en medio de estos insultos está tan calmado, que mientras los demás están despiertos a su alrededor, él está durmiendo en el seno de su suspirado Dios. ¿Quién suministrará a este viajero tanta paz y tanta firmeza para seguir el viaje emprendido? Ciertamente la esperanza de los bienes eternos que serán suyos, y así superará todo para tomar posesión de ellos. Ahora pensando que son suyos, viene a amarlos, y he aquí que la Esperanza hace nacer la Caridad.  

                    ¿Quién puede decir lo que Jesús Bendito me hace ver con aquella luz? Hubiera querido pasarlo en silencio, pero veo que la señora obediencia dejando el vestido amigable, toma el aspecto de guerrero y toma sus armas para hacerme guerra y herirme. ¡Ah, no te armes tan pronto!, deja tus garras, estate tranquila, que por cuanto pueda haré como tú dices, y así permaneceremos siempre amigas.  

                    Ahora, cuando el alma se pone en el extensísimo mar de la Caridad, prueba delicias inefables, goza alegrías inenarrables a un alma mortal. Todo es amor; sus suspiros, sus latidos, sus pensamientos, son tantas voces sonoras que hace resonar en torno a su amadísimo Dios, voces todas de amor que lo llaman a ella, de modo que Dios Bendito, atraído, herido por estas voces amorosas, le corresponde, y sucede que los suspiros, los latidos y todo el Ser Divino llaman continuamente al alma hacia Dios.  

                    ¿Quién puede decir cómo queda herida el alma por estas voces? ¿Cómo comienza a delirar como si tuviera fiebre altísima, cómo corre como enloquecida y va a arrojarse en el amoroso Corazón de su Amado para encontrar refrigerio y a torrentes chupa las delicias divinas? Ella queda ebria de amor, y en su embriaguez entona cantos todos amorosos a su Esposo dulcísimo. ¿Pero quién puede decir todo lo que pasa entre el alma y Dios? ¿Quién puede decir algo sobre esta Caridad que es Dios mismo?  

                    En este momento veo una luz grandísima y mi mente ahora queda asombrada, ahora se fija en un punto, ahora en otro, y hago por ponerlo en el papel pero me siento balbuceante al explicarlo. Así que no sabiendo qué hacer, por ahora hago silencio; y espero que la señora obediencia por esta vez quiera perdonarme, pues si ella quiere enojarse conmigo, esta vez no tiene tanta razón, porque la culpa es suya, porque no me da una lengua ágil para saber decirlo. ¿Ha comprendido, reverendísima obediencia? Quedamos en paz, ¿no es verdad?


 Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 2, 19 de Septiembre de 1899



martes, 16 de septiembre de 2025

DIVERGENCIA CON JESÚS. EFECTOS DEL SUFRIR SÓLO POR DIOS



                    Esta mañana, mi adorable Jesús ha venido, y temiendo que fuese el Demonio le he dicho: “Permíteme que te signe la frente con la cruz”, y enseguida lo he persignado y así he quedado más segura y tranquila. 

                    Ahora, Jesús Bendito parecía cansado y se quería reposar en mí, y como también yo me sentía cansada por los sufrimientos de los días pasados, especialmente por Sus poquísimas venidas, sentía la necesidad de reposarme en Él. Entonces, después de haber discutido un poco me ha dicho: 

                    “La vida del corazón es el Amor. Yo Soy como un enfermo que arde por la fiebre, que va buscando un refrigerio, un alivio para el fuego que lo devora. Mi fiebre es el Amor; ¿pero dónde obtengo los refrigerios, los alivios más aptos para el fuego que me consume? De las penas y aflicciones sufridos por Mis almas predilectas sólo por Mi Amor; muchas veces estoy esperando y esperando a que el alma se vuelva a Mí para decirme: “Señor, sólo por amor Tuyo quiero sufrir esta pena”. ¡Ah sí, estos son Mis refrigerios y los alivios más aptos que Me alivian y Me apagan el fuego que Me consume!”. 

                    Después de esto se ha arrojado en mis brazos languideciendo para reposarse. Mientras Jesús reposaba yo comprendía muchas cosas sobre las palabras dichas por Él, especialmente sobre el sufrir por amor Suyo. ¡Oh, qué moneda de inestimable valor! Si todos la conociéramos haríamos competencia a ver quién pudiera sufrir más; pero yo creo que todos somos cortos de vista para conocer esta moneda tan preciosa, por eso no se llega a tener conocimiento de ella.


 Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 2, 16 de Septiembre de 1899



viernes, 5 de septiembre de 2025

CÓMO JESÚS OBRA LA PERFECCIÓN EN EL ALMA POCO A POCO



                    Esta mañana me encontraba en tal abatimiento de ánimo y me veía tan mala, que yo misma me volvía insoportable. Habiendo venido Jesús le he dicho mis penas y el miserable estado en el cual me encontraba, y Él me ha dicho: 

                    “Hija Mía, no quieras perder el ánimo, esta es Mi costumbre, el obrar la perfección paso a paso y no todo en un instante, a fin de que el alma, viendo siempre que le falta alguna cosa, se impulse, haga todos los esfuerzos para alcanzar lo que le falta, a fin de agradarme más y de santificarse mayormente, entonces Yo, atraído por esos actos me siento forzado a darle nuevas gracias y favores celestiales, y con esto se viene a formar un comercio todo divino entre el alma y Dios, de otra manera, poseyendo el alma en sí la plenitud de la perfección, y por lo tanto de todas las virtudes, no encontraría modos de cómo esforzarse, cómo agradarle más y vendría a faltar la yesca para encender el fuego entre la criatura y el Creador”. 

                    ¡Sea siempre bendito el Señor!.


 Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 2, 5 de Septiembre de 1899



sábado, 30 de agosto de 2025

JESÚS LE HACE VER EL ESTADO LAMENTABLE DEL MUNDO



                    Esta mañana mi amado Jesús me ha transportado fuera de mí misma y me ha hecho ver la decadencia de la religión en los hombres y un preparativo de guerra. Yo le he dicho: “¡Oh Señor, en qué estado tan lamentable se encuentra el mundo en estos tiempos en cuanto a la Religión!. Parece que el mundo no reconoce más a Aquel que ennoblece al hombre y lo hace aspirar a un fin eterno, pero lo que más hace llorar, es que parte de aquellos mismos que se dicen religiosos, que deberían poner la propia vida para defender la Religión y hacerla resurgir, la ignoran”. 

                    Y Jesús, tomando un aspecto afligidísimo me ha dicho: 

                    “Hija Mía, esta es la causa de que el hombre viva como bestia, porque ha perdido la Religión; pero tiempos más tristes vendrán para el hombre en castigo de la ceguera en la cual él mismo se ha sumergido, tanto, que se Me oprime el Corazón al verlo. Pero la sangre hará revivir esta Santa Religión, esta sangre que haré derramar por toda clase de gente, por seglares y religiosos, regará al resto de las gentes que viven como salvajes, y civilizándolas les restituirá de nuevo su nobleza. He aquí la necesidad de que la sangre se derrame y que las mismas iglesias queden casi abatidas, para hacer que regresen de nuevo y existan con su primer brillo y esplendor”. 

                    ¿Pero quién puede decir el desgarro cruel que harán en los tiempos por venir?. Lo paso en silencio porque no lo recuerdo bien y no lo veo tan claro; si el Señor quiere que lo diga me dará más claridad y entonces tomaré de nuevo la pluma sobre este argumento, por eso, por ahora pongo punto.


 Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 2, 30 de Agosto de 1899




miércoles, 27 de agosto de 2025

EL EFECTO CUANDO JESÚS VA AL ALMA



                    Esta mañana mientras veía a mi dulce Jesús, sentía un temor de que no fuese Él sino el Demonio para engañarme. Y Jesús respondiendo a mi temor me ha dicho:

                    “Cuando Soy Yo quien se presenta al alma, todas las potencias interiores se aniquilan y conocen su nada, y Yo, viendo al alma humillada, hago sobreabundar Mi Amor, como tantos ríos, en modo de inundarla toda y fortificarla en el bien. Todo lo contrario sucede cuando es el Demonio”.


 Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 2, 27 de Agosto de 1899



domingo, 17 de agosto de 2025

JESÚS HABLA DE LA OBEDIENCIA

 


                    Esta mañana, habiendo recibido la Comunión, estaba diciéndole a mi amable Jesús: “¿Cómo es que esta virtud de la obediencia es tan impertinente y a veces tan fuerte, que llega a volverse caprichosa?”. 

                    Y Él: “¿Sabes por qué esta noble señora obediencia es como tú dices?. Porque da muerte a todos los vicios, y naturalmente alguien que debe hacer sufrir la muerte a otro debe ser fuerte, valeroso, y si no lo logra con esto se sirve de las impertinencias y de los caprichos. Si esto es necesario para matar el cuerpo que es tan frágil, mucho más para dar muerte a los vicios y a las propias pasiones, que es tan difícil que muchas veces mientras parecen muertas, comienzan a revivir de nuevo. He aquí el por qué esta diligente señora está siempre en movimiento y continuamente está vigilando, y si ve que el alma pone la más mínima dificultad a lo que le es mandado, entonces temiendo que algún vicio pueda comenzar a revivir en su corazón, le hace tanta guerra y no le da paz hasta que el alma se postra a sus pies y adora en mudo silencio lo que ella quiere; he aquí por qué es tan impertinente y casi caprichosa como tú dices. ¡Ah! sí, no hay verdadera paz sin obediencia, y si parece que se goza de paz, es paz falsa, y digo parece, porque va de acuerdo con las propias pasiones, pero jamás con las virtudes y se termina con arruinarse, porque separándose de la obediencia se separan de Mí, que fui el Rey de esta noble virtud. Además, la obediencia mata la propia voluntad y a torrentes vierte la Divina, tanto, que se puede decir que el alma obediente no vive de su voluntad, sino de la Divina; ¿y se puede dar vida más bella, más santa, que el vivir de la Voluntad de Dios mismo?. Por eso, con las otras virtudes, aun con las más sublimes, puede estar junto el amor propio, pero con la obediencia jamás”.


 Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 2, 17 de Agosto de 1899



viernes, 15 de agosto de 2025

JESÚS LE ORDENA LA CARIDAD. FIESTA DE LA MAMÁ CELESTIAL. LE DA EL OFICIO DE MAMÁ EN LA TIERRA



                    Esta mañana mi dulcísimo Jesús ha venido todo alegre, trayendo entre las manos un ramo de bellísimas flores, y poniéndose en mi corazón, con aquellas flores ahora se circundaba la cabeza, ahora las tenía entre sus manos, recreándose y complaciéndose todo. Mientras se divertía con estas flores, como si hubiera hecho una gran adquisición, se ha volteado hacia mí y me ha dicho: “Amada Mía, esta mañana he venido para poner en orden en tu corazón todas las virtudes. Las otras virtudes pueden estar separadas la una de la otra, pero la caridad ata y ordena todo. He aquí lo que quiero hacer en ti, ordenar la Caridad”.

                    Yo le he dicho: “Solo y único Bien mío, ¿cómo puedes hacer esto siendo yo tan mala y llena de defectos e imperfecciones?. Si la Caridad es orden, ¿estos defectos y pecados no son desorden que tienen todo en desorden y revuelta mi alma?” . 

                    Y Jesús: “Yo purificaré todo y la Caridad pondrá todo en orden. Y además, cuando a un alma la hago partícipe de las penas de Mi Pasión, no puede haber culpas graves, a lo más algún defecto venial involuntario, pero Mi Amor, siendo fuego, consumirá todo lo que es imperfecto en tu alma”. 

                    Así parecía que Jesús me purificaba y ordenaba toda; después derramaba como un río de miel de su corazón en el mío y con esa miel regaba todo mi interior, de modo que todo lo que estaba en mí quedaba ordenado, unido, y con la marca de la Caridad. 

                    Después de esto me he sentido salir fuera de mí misma en la Bóveda de los Cielos, junto con mi amante Jesús; parecía que todo estaba en fiesta, Cielo, tierra y Purgatorio; todos estaban inundados de un nuevo gozo y júbilo. Muchas almas salían del Purgatorio y como rayos llegaban al Cielo para asistir a la Fiesta de nuestra Reina Mamá. También yo me ponía en medio de aquella multitud inmensa de gente, es decir, Ángeles, Santos y Almas del Purgatorio, que ocupaban aquel nuevo Cielo, que era tan inmenso, que el nuestro que vemos, comparado con aquél me parecía un pequeño agujero, mucho más que tenía la obediencia del Confesor. Pero mientras hacía por mirar, no veía otra cosa que un Sol luminosísimo que esparcía rayos que me penetraban toda, de lado a lado, y me volvían como un cristal, tanto que se descubrían muy bien los pequeños defectos y la infinita distancia que hay entre el Creador y la criatura; tanto más que aquellos rayos, cada uno tenía su marca: uno delineaba la Santidad de Dios, otro la Pureza, otro la Potencia, otro la sabiduría, y todas las otras virtudes y atributos de Dios. Así que el alma, viendo su nada, sus miserias y su pobreza, se sentía aniquilada y en vez de mirar, se postraba con la cara en la tierra ante aquel Sol Eterno, ante el cual no hay ninguno que pueda estar frente a Él. 

                    Pero lo más era que para ver la Fiesta de Nuestra Mamá Reina, se debía ver desde dentro de aquel Sol, tanto parecía inmersa en Dios la Virgen Santísima, que mirando desde otros puntos no se veía nada. 

                    Ahora, mientras me encontraba en estas condiciones de aniquilamiento ante el Sol Divino y la Mamá Reina teniendo en sus brazos al Niñito, Jesús me ha dicho: “Nuestra Mamá está en el Cielo, te doy a ti el oficio de hacerme de mamá en la tierra, y como Mi vida está sujeta continuamente a los desprecios, a la pobreza, a las penas, a los abandonos de los hombres, y Mi Madre estando en la tierra fue Mi fiel compañera en todas estas penas, y no sólo eso, sino buscaba aliviarme en todo, por cuanto podían Sus fuerzas, así también tú, haciéndome de madre Me harás fiel compañía en todas Mis penas, sufriendo tú en vez Mía por cuanto puedas, y donde no puedas, buscarás darme al menos un consuelo. Debes saber que te quiero toda atenta en Mí. Seré celoso aun de tu respiro si no lo haces por Mí, y cuando vea que no estás toda atenta para contentarme, no te daré ni paz ni reposo”. 

                    Después de esto he comenzado a hacerle de mamá, pero, ¡oh! cuánta atención se necesitaba para contentarlo. Para verlo contento no se podía ni siquiera dirigir una mirada a otra parte. Ahora quería dormir, ahora quería beber, ahora quería que lo acariciara y yo debía encontrarme pronta a todo lo que quería; ahora decía: “Mamá Mía, me duele la cabeza, ¡ah, alíviame!”. Y yo enseguida le revisaba la cabeza, y encontrando espinas se las quitaba, y poniéndole mi brazo bajo la cabeza lo hacía reposar. Mientras hacía que reposara, de repente se levantaba y decía: “Siento un peso y un sufrimiento en el corazón, tanto de sentirme morir; ve que hay”. Y observando en el interior del corazón, he encontrado todos los instrumentos de la Pasión, y uno a uno los he quitado y los he puesto en mi corazón. Después, viéndolo aliviado, he comenzado a acariciarlo y a besarlo y le he dicho: “Mi solo y único tesoro, ni siquiera me has dejado ver la Fiesta de Nuestra Reina Madre, ni escuchar los primeros cánticos que le cantaron los Ángeles y los Santos en el ingreso que hizo en el Paraíso”.

                    Y Jesús: “El primer canto que hicieron a Mi Mamá fue el Ave María, porque en el Ave María están las alabanzas más bellas, los honores más grandes, y se le renueva el gozo que tuvo al ser hecha Madre de Dios, por eso, recitémosla juntos para honrarla y cuando tú vengas al Paraíso te la haré encontrar como si la hubieras dicho junto con los Ángeles aquella primera vez en el Cielo”. Y así hemos recitado la primera parte del Ave María juntos. ¡Oh, cómo era tierno y conmovedor saludar a Nuestra Mamá Santísima junto con Su amado Hijo!. Cada palabra que Él decía, llevaba una luz inmensa en la cual se comprendían muchas cosas sobre la Virgen Santísima, ¿pero quién puede decirlas todas?. Mucho más por mi incapacidad, por eso las paso en silencio.


 Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 2, 15 de Agosto de 1899



martes, 12 de agosto de 2025

JESÚS LA TRANSFORMA TODA EN SÍ Y LE ENSEÑA LA CARIDAD



                    Esta mañana mi adorable Jesús, después que me ha hecho esperar por algún tiempo, ha venido diciéndome: “Hija Mía, esta mañana quiero uniformarte toda a Mí: quiero que pienses con Mi misma mente, que mires con Mis mismos ojos, que escuches con Mis mismos oídos, que hables con Mi misma lengua, que obres con Mis mismas manos, que camines con Mis mismos pies, y que ames con Mi mismo corazón”. 

                    Después de esto, Jesús unía Sus sentidos mencionados arriba con los míos, y veía que me daba Su misma forma; no sólo eso, sino me daba la gracia de usarlos como lo hizo Él mismo, y después ha continuado diciendo: “Gracias grandes vierto en ti, te recomiendo que las sepas conservar”.

                    Y yo: “Temo mucho, oh mi amado Jesús, al conocerme que estoy toda llena de miserias, y que en vez de hacer bien, hago mal uso de Tus gracias. Pero lo que más me hace temer es la lengua, que frecuentemente me hace faltar en la caridad hacia el prójimo”. Y Jesús: “No temas, te enseñaré Yo mismo el modo que debes tener al hablar con el prójimo; la primera cosa: cuando se te dice algo respecto al prójimo, hecha una mirada sobre ti misma y observa si tú eres culpable de ese mismo defecto, y entonces el querer corregir es un querer indignarme y escandalizar al prójimo. La segunda: si tú te ves libre de aquel defecto, entonces elévate y busca hablar como habría hablado Yo, así hablarás con Mi misma lengua. Haciendo así jamás faltarás en la caridad del prójimo, es más, con tus palabras harás bien a ti, al prójimo, y a Mí me darás Honor y Gloria”.


Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 2, 12 de Agosto de 1899


Oración para fundirnos con la
Divina Voluntad


Estampa devocional diseñada para ser impresa
a doble cara. Permitida su difusión, sin fines comerciales




jueves, 7 de agosto de 2025

SOBRE LA NADA DE NOSOTROS MISMOS



                    Esta mañana mi amable Jesús no venía, y después de tanto esperar y esperar, finalmente ha venido; era tanta mi confusión y mi aniquilamiento, que no sabía decirle nada y Jesús me ha dicho: “Por cuanto más te aniquiles y conozcas tu nada, tanto más Mi Humanidad, mandando rayos de luz, te comunicará Mis virtudes”. 

                    Yo le he dicho: “Señor, soy tan mala y fea que me doy horror a mí misma, ¿qué será ante Ti?”. 

                    Y Jesús: “Si tú eres fea, Soy Yo quien te puede volver bella”. 

                    Y en el mismo momento de decir esto ha mandado una luz salida de Él a mi alma, y parecía que le comunicaba Su belleza, y después, abrazándome ha comenzado a decir: “Cómo eres bella, pero bella de Mi Misma belleza, por eso Soy atraído a amarte”. 

                    ¿Quién puede decir cómo he quedado confundida?. Pero todo sea para Su gloria.


 Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 2, 7 de Agosto de 1899



miércoles, 30 de julio de 2025

SOBRE LA CARIDAD Y SOBRE LA ESTIMA DE LA PALABRA DE JESÚS



                    Continua casi siempre lo mismo. Esta mañana, transportándome Jesús según Su costumbre fuera de mí misma, hemos pasado en medio de mucha gente, y la mayor parte de ellas estaban atentas a juzgar las acciones de los demás, sin mirar las propias, y mi amado Jesús me ha dicho: “El medio más seguro para ser recto con el prójimo es no mirar en absoluto lo que hacen, porque mirar, pensar y juzgar es lo mismo, además, mirando al prójimo vienes a defraudar la propia alma, por lo que sucede que no se es recto ni consigo mismo, ni con el prójimo, ni con Dios”. 

                    Después de esto le he dicho: “Mi único Bien, ya hace tiempo que no me has dado ni siquiera un beso”. Y así nos hemos besado. Y queriéndome casi corregir ha agregado: “Hija Mía, lo que te recomiendo es conservar y estimar Mis palabras, porque Mi Palabra es eterna y santa como Yo Mismo, y conservándola en tu corazón y aprovechándola, tendrás tu santificación y por ello recibirás en recompensa un esplendor eterno, producido por Mi Palabra; haciendo de otra manera tu alma recibirá un vacío y quedarás deudora de Mí”.


Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 2, 30 de Julio de 1899



martes, 22 de julio de 2025

CÓMO LA CRUZ VUELVE AL ALMA TRANSPARENTE



                    Esta mañana mi adorable Jesús se hacía ver con una cruz de oro colgada del cuello, toda resplandeciente, y que al mirarla se complacía inmensamente. De repente se ha encontrado presente el Confesor y Jesús le ha dicho: “Los sufrimientos de los días pasados han acrecentado el resplandor a la Cruz, tanto, que mirándola siento mucho agrado”. 

                    Después se ha dirigido a mí y me ha dicho: “La Cruz comunica tal resplandor al alma, de volverla transparente y así como cuando un objeto es transparente se le pueden dar todos los colores que se quiera, así la Cruz, con su luz da todos los lineamientos y formas más bellas que jamás se puedan imaginar, no sólo por los demás sino también por la misma alma que los experimenta. Además de esto, en un objeto transparente enseguida se descubre el polvo, las pequeñas manchas y hasta cualquier oscurecimiento; así es la Cruz, como hace transparente al alma, enseguida le descubre los pequeños defectos, las mínimas imperfecciones, tanto que no hay mano maestra más hábil que la Cruz, para tener al alma preparada para volverla digna habitación del Dios del Cielo”.

                    ¿Quién puede decir lo que he comprendido de la Cruz y cuán envidiable es el alma que la posee?.

                    Después de esto me ha transportado fuera de mí misma y me he encontrado sobre una escalera altísima, bajo la cual había un precipicio y por añadidura los escalones de esta escalera eran movibles y tan estrechos que apenas se podía apoyar la punta de los pies; lo que más daba terror era el precipicio y el no poder encontrar apoyo de ningún tipo, y queriéndose aferrar de los escalones, estos se caían juntos; el ver que casi todas las demás personas se caían infundía escalofrío en los huesos; sin embargo no se podía evitar el pasar por aquella escalera. Entonces lo he intentado, pero en cuanto subí dos o tres escalones, viendo el gran peligro que corría de caer en el abismo, he comenzado a llamar a Jesús para que viniera en mi ayuda, entonces, sin saber cómo, he encontrado a Jesús junto a mí y me ha dicho: 

                    “Hija Mía, esto que tú has visto es el camino que recorren todos los hombres en esta tierra; los escalones móviles, sobre los que no pueden apoyarse para tener un sostén, son los apoyos humanos, las cosas terrenas, que queriéndose apoyar sobre ellas, en vez de darles una ayuda les dan un empujón para precipitarse más pronto en el Infierno. El medio más seguro es el caminar casi volando, sin apoyarse sobre la tierra, a fuerza de los propios brazos, con los ojos en sí mismos, sin mirar a los demás y también teniéndolos todos atentos a Mí para tener ayuda y fuerza, así se podrá fácilmente evitar el precipicio”.


Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 2, 22 de Julio de 1899