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viernes, 23 de octubre de 2026

LA DIVINA VOLUNTAD OBRANTE Y DOMINANTE EN LA CRIATURA FORMA UN DULCE ENCANTO A LAS PUPILAS DIVINAS, Y DESARMA LA JUSTICIA DIVINA



                    Paso días amargos por la privación de mi dulce Jesús. ¡Oh! cómo lloro por Su amable presencia, aun el solo recuerdo de Sus dulces palabras son heridas a mi pobre corazón y digo entre mí: “¿Y ahora dónde está?, ¿adónde dirigió Sus pasos?, ¿dónde podría encontrarlo? ¡Ay! todo ha terminado, no lo veré más, no escucharé más su voz, no más rezaremos juntos, ¡cómo es dura mi suerte, qué desgarro, qué pena!. ¡Ah Jesús, cómo has cambiado!, ¿cómo has huido de mí?. Pero si bien lejos, Te mando en alas de Tu Querer, donde estés, mis besos, mi amor, mi grito de dolor que Te dice: Ven, regresa a la pobre exiliada, a la pequeña recién nacida que no puede vivir sin Ti”. 

                    Pero mientras esto y más decía, mi amable Jesús se ha movido en mi interior, y extendiéndome Sus brazos me ha estrechado fuerte, fuerte, y yo le he dicho: “Mi vida, mi Jesús, no puedo más, ayúdame, dame la fuerza, no me dejes más, llévame Contigo, me quiero ir”. Y Jesús interrumpiendo mi hablar me ha dicho:

                    “Hija Mía, ¿no quieres hacer Mi Voluntad?”.

                    Y yo: “Claro que quiero hacer Tu Voluntad, pero también en el Cielo está Tu Voluntad, así que si hasta ahora la he hecho en la tierra, de ahora en adelante quiero ir a hacerla en el Cielo, por eso, pronto, llévame, no me dejes más, siento que no puedo más, ten piedad de mí”.

                    Y Jesús de nuevo: “Hija Mía, tú no sabes qué cosa es Mi Voluntad en la tierra, se ve que después de tantas lecciones Mías no lo has entendido bien. Debes saber que el alma que hace vivir Mi Voluntad en ella, conforme reza, conforme sufre, obra, ama, etc., etc., forma un dulce encanto a las pupilas divinas, de manera que encierra en ese encanto, con sus actos, la mirada de Dios, de modo que raptado por la dulzura de este encanto, muchos castigos que se atraen las criaturas con sus graves pecados, este encanto tiene virtud de impedir que Mi Justicia se derrame con todo su furor sobre la faz de la tierra, porque también Mi Justicia siente el encanto de Mi Voluntad que obra en la criatura. ¿Te parece poco que el Creador vea en las criaturas, viviendo aún sobre la tierra, Su Voluntad obrante, triunfante, dominante, con esa misma libertad con la cual obra y domina en el Cielo?. 

                    Este encanto no está en el Cielo, porque Mi Voluntad en Mi Reino domina como en su casa, y el encanto viene formado en Mí Mismo, no fuera de Mí, así que Soy Yo, es Mi Voluntad la que encanta con una fuerza raptora a todos los Bienaventurados, de manera que sus pupilas están encerradas en Mi encanto para gozar eternamente, así que no ellos Me forman el dulce encanto, sino Yo a ellos, así que Mis pupilas están libres, no sufren ninguna fascinación. 

                    En cambio Mi Voluntad viviendo en la criatura que navega en el exilio, es obrante y dominante en casa de la criatura, y por esto me forma el encanto, Me fascina y hace sentir a Mi mirada un atractivo tal, que Me rapta a fijar Mis pupilas en ella, sin poder separarlas. ¡Ah! tú no sabes cuán necesario es este encanto en estos tiempos.- ¡Cuántos males vendrán!. Los pueblos se verán obligados a devorarse uno al otro, serán tomados de tal rabia, de ensañarse el uno contra el otro, pero la culpa mayor es de los jefes y gobernantes. 

                    ¡Pobres pueblos!. Tienen por jefes a verdaderos carniceros, diablos encarnados que quieren hacer carnicería de sus hermanos. Si los males no debieran ser graves, tu Jesús no te dejaba como privada de Él; tú temes que sea por otra cosa por lo que te privo de Mí, no, no, está segura, es Mi Justicia que privándote de Mí quiere descargarse sobre las criaturas; tú no salgas jamás de Mi Voluntad, a fin de que su dulce encanto pueda evitar a los pueblos males mayores”.


Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 17, 23 de Octubre de 1924



martes, 7 de abril de 2026

EFECTOS DEL QUERER DIVINO. AMENAZAS DE CASTIGOS



                    Continuando mi habitual estado (1), mi dulce Jesús ha venido todo cansado, en acto de pedirme ayuda, y apoyando Su Corazón sobre el mío me hacía sentir Sus penas; cada pena que sentía era capaz de darme muerte, pero Jesús sosteniéndome me daba la fuerza para no morir. Después, mirándome me ha dicho:

                    “Hija Mía, paciencia, en ciertos días Me son más que nunca necesarias tus penas, para hacer que el mundo no se incendie del todo, por eso quiero hacerte sufrir más”. 

                    Y con una lanza que tenía en la mano me ha traspasado el corazón. Yo sufría mucho pero me sentía feliz pensando que mi Jesús dividía conmigo Sus penas, y que desahogándose conmigo podía librar a las gentes de los inminentes y terribles flagelos que caerán. Después de algunas horas de intensas penas, mi amable Jesús me ha dicho:

                    “Querida hija Mía, tú sufres mucho, por eso ven en Mi Querer para tomar descanso y juntos recemos por la pobre humanidad”. 

                    Yo no sé cómo me he encontrado en la inmensidad del Querer Divino, en brazos de Jesús, y Él como en voz baja decía y yo repetía junto con Él. Diré algo de lo que decía, porque el decirlo todo me resulta imposible. Recuerdo: en el Querer de Jesús veía todos los Pensamientos de Jesús, todo el bien que nos había hecho con Su Inteligencia, y cómo de Su Mente recibían vida todas las inteligencias humanas, pero, ¡oh, Dios! qué abuso hacían de ellas, cuántas ofensas, y yo decía: “Jesús, multiplico mis pensamientos en Tu Querer para dar a cada pensamiento Tuyo el beso de un pensamiento divino, una adoración, un reconocimiento a Ti, una reparación, un amor de pensamiento divino, como si otro Jesús lo hiciera, y esto en nombre de todos y de todos los pensamientos humanos, presentes, pasados y futuros, e intento suplir a las mismas inteligencias de las almas perdidas. Quiero que la Gloria por parte de las criaturas sea completa y que ninguno falte a la llamada, y lo que no hacen ellas, lo hago yo en Tu Querer para darte Gloria Divina y completa”. 

                    Después, Jesús mirándome esperaba como si quisiera una reparación a Sus ojos; y yo he dicho: “Jesús, me multiplico en Tus miradas, para tener también yo tantas miradas por cuantas veces has mirado a la criatura con amor; en Tus lágrimas para llorar también yo por todas las culpas de las criaturas, para poderte dar en nombre de todas, miradas de Amor Divino y Lágrimas Divinas, para darte Gloria y Reparación completa por todas las miradas de todas las criaturas”. 

                    Luego, Jesús ha querido que a todo, a la boca, al corazón, a los deseos, etc., continuara con las reparaciones, multiplicando todo en Su Querer; y si lo dijera todo me extendería demasiado, por eso paso adelante. Después Jesús ha agregado:

                    “Hija Mía, conforme tú hacías tus actos en Mi Querer, tantos soles se formaban entre el Cielo y la tierra, y Yo miro la tierra a través de estos soles, de otra manera es tanta la repugnancia que Me da la tierra, que no podría mirarla. Pero ella poco recibe de estos soles, porque son tantas las tinieblas que expanden, que poniéndose de frente a estos soles no recibe ni toda la luz ni el calor”.

                    Después me ha transportado en medio de las criaturas, ¿pero quién puede decir todo lo que hacían?. Sólo digo que mi Jesús con acento doloroso ha agregado:

                    “Qué desorden en el mundo, pero este desorden es culpa de las cabezas, tanto civiles como eclesiásticas; su vida interesada y corrupta no tiene fuerza para corregir a los súbditos, por tanto han cerrado los ojos ante los males de los miembros, porque hubieran recriminado los males propios, y si lo han hecho ha sido todo en modo superficial, porque no teniendo en ellos la vida de aquel bien, ¿cómo podían infundirla en los demás?. Y cuántas veces estas perversas cabezas han antepuesto los malos a los buenos, tanto que los pocos buenos han quedado turbados por este actuar de las cabezas, por eso haré castigar a las cabezas en modo especial”.

                    Y yo: “Perdona a las cabezas de la Iglesia, ya son pocos, si Tú los golpeas faltaran los regidores”.

                    Y Jesús: “¿No recuerdas que con doce apóstoles fundé Mi Iglesia?. Así, los pocos que quedarán bastarán para reformar al mundo. El Enemigo está ya a sus puertas, las revoluciones están ya en acto, las naciones nadarán en la sangre, las cabezas serán dispersadas; reza, reza y sufre, a fin de que el Enemigo no tenga la libertad de convertir todo en ruinas”.


 Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 12, 7 de Abril de 1919


1- Por una particular disposición de Dios, Luisa Piccarreta permanecía toda la noche sumida en un profundo éxtasis, paralizada, mientras recibía luces del Cielo; tan sólo conseguía liberarla de aquél místico trance la bendición del Sacerdote, que cada mañana celebraba la Santa Misa en su dormitorio. Este "sueño extático" era tan cotidiano para Luisa que ella lo definió en sus escritos como "mi habitual estado". Dicha fenomenología no fue exclusiva de Piccarreta, se dio con anterioridad en Santa Catalina de Siena y casi a la vez en la mística portuguesa Alexandrina Da Costa, entre otras almas privilegiadas.



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sábado, 29 de noviembre de 2025

QUIEN SALE DE LA DIVINA VOLUNTAD, SALE DE LA LUZ



                    Encontrándome en mi habitual estado estaba rogando a mi siempre amable Jesús, que hoy, como me había prometido la otra vez, que cuando el alma hace siempre Su Voluntad, alguna vez permite que Él haga la voluntad del alma; así que le decía: 

                    “Hoy justamente debes hacer mi voluntad”. 

                    Y Jesús al venir me ha dicho: 

                    “Hija Mía, ¿no sabes tú que el alma saliendo de Mi Voluntad es para ella como un jornada sin sol, sin calor, sin la vida de la actitud divina en ella?” .

                    Y yo: 

                    “Amor mío, el Cielo me guarde de hacer esto, preferiría morir que salir de Tu Voluntad, por eso pon Tu Voluntad en mí y luego dime que: Es Voluntad Mía que hoy Yo haga tu voluntad”. 

                    Y Jesús: 

                    “Ah! traviesa, está bien, te contento, te tendré Conmigo hasta que quiera, y después Yo mismo te dejaré libre”. 

                    ¡Oh, cómo he quedado contenta de que sin hacer mi voluntad, Jesús, fundiendo Su Voluntad a la mía, haciendo la Suya hacía la mía!.

                    Después, mi amable Jesús se ha entretenido conmigo y parecía que mojaba la punta de Su dedo en Su Preciosísima Sangre y lo pasaba por la frente, los ojos, la boca, el corazón, y después me ha besado. Yo al verlo tan afectuoso y dulce he tratado de chupar de Su boca las amarguras que contenía Su Corazón, como lo hacía antes, pero Jesús rápidamente se ha alejado un poco y me hacía ver un envoltorio que tenía en las manos, lleno de otros flagelos y me ha dicho: 

                    “Mira cuantos otros flagelos hay para verter sobre la tierra, por eso no derramo en ti. Los enemigos han preparado todos los planos internos para hacer revoluciones, ahora no queda otra cosa que terminar de preparar los planos externos. ¡Ah, hija Mía, cómo Me duele el Corazón, no tengo con quien desahogar Mi dolor, por eso quiero desahogarlo contigo!. Tú tendrás paciencia para oírme hablar frecuentemente de cosas tristes; sé que tú sufres por esto, pero es el Amor el que a esto Me empuja. El Amor quiere hacer saber sus penas a la persona amada; casi no sabría estar si no viniera a desahogarme contigo”. 

                    Yo me sentía mal al ver a Jesús tan amargado, sentía Sus penas en mi corazón, y Jesús para darme alivio me ha dado a beber pocos sorbos de una leche dulcísima, y después ha agregado: 

                    “Yo me retiro y te dejo libre”.


 Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 12, 29 de Noviembre de 1918



jueves, 13 de noviembre de 2025

JESÚS SUFRE AL VER SUFRIR A LAS CRIATURAS. LUISA SE OFRECE PARA CONSOLARLO



                    Esta mañana mi adorable Jesús parecía inquieto, no hacía otra cosa que ir y venir, ahora se entretenía conmigo, ahora casi atraído por Su ardiente Amor hacia las criaturas iba a ver lo que hacían, y todo Se condolía por lo que sufrían, como si Él mismo y no ellas estuviera sufriendo. 

                    Muchas veces he visto al Confesor, que con su potestad sacerdotal obligaba a Jesús a hacerme sufrir Sus penas para poder aplacarlo, y Él, mientras parecía que no quería ser aplacado, después se mostraba contento y agradecía de corazón a quien se ocupaba en sostener Su brazo indignado, y ahora me participaba un sufrimiento y ahora otro. ¡Oh, cómo era tierno y conmovedor verlo en este estado!. Hacía destrozar el corazón de compasión. Muchas veces me ha dicho: 

                    “Confórmate a Mi Justicia, que no puedo más. ¡Ah! el hombre es demasiado ingrato y casi Me obliga por todas partes a castigarlo, Me arranca él mismo de Mis manos los castigos. ¡Si tú supieras cuánto sufro al hacer uso de Mi Justicia, pero es el hombre mismo el que Me hace violencia!. ¡Ah!, si no hubiera hecho otra cosa que comprar a precio de sangre su libertad, aun así debería ser agradecido Conmigo; pero el hombre, para hacerme mayor agravio va inventando nuevos modos para hacer inútil Mi desembolso”. 

                    Y mientras esto decía lloraba amargamente, y yo para consolarlo le he dicho: “Dulce Bien mío, no Te aflijas, veo que Tu aflicción es mayor porque Te sientes obligado a castigar a las gentes. ¡Ah no, no sea jamás!. Si Tú eres todo para mí, yo quiero ser toda para Ti, así que sobre mí manda los flagelos, aquí está la víctima siempre dispuesta y a tu disposición, puedes hacerme sufrir lo que quieras y así quedará Tu justicia en algún modo aplacada, y Tú aliviado de la aflicción que sientes al ver sufrir a las criaturas. Ha sido siempre esta mi intención al no conformarme a la Justicia, porque sufriendo el hombre sufrirás más Tú que él mismo”. 

                    Mientras esto estaba diciendo ha venido nuestra Mamá Reina, y yo he recordado que habiendo pedido al Confesor la obediencia de conformarme a la Justicia, me había dicho que le preguntara a la Virgen Santísima si quería que me uniformara. Se lo he dicho y Ella me ha dicho: “No, no, más bien reza hija Mía, y en estos días trata por cuanto más puedas de tenerte a Jesús junto contigo y aplacarlo, porque muchos castigos están preparados”.


 Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 3, 13 de Noviembre de 1899



jueves, 6 de noviembre de 2025

PUREZA DE INTENCIÓN



                    Esta mañana, habiendo venido el adorable Jesús y transportándome fuera de mí misma, me ha hecho ver calles llenas de cadáveres. ¡Qué despiadada carnicería!. Da horror pensarlo. 

                    Después me ha hecho ver que sucedía una cosa en el aire y muchos morían de improviso; esto lo vi también por el mes de Marzo. Yo empecé, según mi costumbre, a rogarle que se aplacara y que librara a Sus mismas imágenes de suplicios tan crueles, de guerras tan sangrientas, y como tenía la corona de espinas se la he quitado para ponérmela yo, y esto para aplacarlo mayormente; pero con suma pena he visto que casi todas las espinas quedaban rotas en Su Santísima cabeza, así que poquísimo me quedaba para sufrir a mí. 

                    Jesús se mostraba severo; casi sin ponerme atención me ha transportado de nuevo a mi cama, y como yo me encontraba con los brazos en cruz, sufriendo los dolores de la crucifixión que Él mismo me había participado antes, ha tomado mis brazos y me los unió, atándolos con una cuerdecilla de oro. Yo, no poniendo atención a qué significaba aquello, para romper ese aire severo que tenía le he dicho: “Dulcísimo amor mío, Te ofrezco estos movimientos de mi cuerpo que Tú mismo me has hecho y todos los demás que pueda yo hacer, con el único fin de agradarte y glorificarte. Ah sí, quisiera que también los movimientos de los párpados, los de mis ojos, de mis labios y de toda yo misma sean hechos con el único fin de agradarte solo a Ti. Haz, oh buen Jesús, que todos mis huesos, mis nervios, resuenen entre ellos y con clara voz Te atestigüen mi amor”. Y Él me ha dicho: 

                    “Todo lo que se hace con la única finalidad de agradarme, resplandece ante Mí de una manera tal, que atrae Mis miradas divinas, y Me agrada tanto, que a esas acciones, aunque fuesen sólo un movimiento de pestañas, les doy el valor como si fueran hechas por Mí. En cambio las otras acciones, que en sí mismas son buenas y aun grandes, no hechas únicamente para Mí, son como ese oro enlodado y lleno de herrumbre que no resplandece, y Yo no Me digno ni siquiera mirarlas”. 

                    Y yo: “Ah Señor, qué fácil es que el polvo ensucie nuestras acciones”. Y Él: 

                    “No se necesita poner atención al polvo, porque este se sacude, a lo que hay que atender es a la intención”. 

                    Ahora, mientras esto se decía, Jesús se ocupaba en atarme los brazos. Yo le he dicho: “Señor, ¿qué haces?”. Y Él: 

                    “Hago esto porque tú estando en la posición de la crucifixión Me aplacas, y Yo como quiero castigar a las gentes te los estoy atando”. 

                    Y dicho esto desapareció.


 Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 3, 6 de Noviembre de 1899




martes, 21 de octubre de 2025

LOS BIENES TERRENOS DEBEN SERVIR PARA LA SANTIFICACIÓN, NO PARA SER ÍDOLOS PARA EL HOMBRE. CAUSA DE LOS CASTIGOS



                    Después de haber pasado días amarguísimos de privación, me sentía cansada y sin fuerzas, si bien iba ofreciendo estas mismas penas diciendo: “Señor, Tú sabes cuánto me cuesta el estar privada de Ti, pero me resigno a Tu Santa Voluntad, ofreciendo esta pena acerbísima como medio para atestiguarte mi amor y aplacarte. Estos tedios, fastidios, flaquezas, frialdades que siento, tengo intención de enviártelos como mensajeros de alabanzas y de reparaciones por mí y por todas las criaturas; esto tengo y esto Te ofrezco. Es cierto que Tú aceptas el sacrificio de la buena voluntad cuando se Te ofrece lo que uno puede sin reserva alguna, pero ven, porque no puedo más”. 

                    Muchas veces me venía la tentación de conformarme a la justicia y pensaba que la causa por la que no venía era yo misma, porque cuando Jesús, en los días pasados me había dicho que si no me conformaba lo obligaría a que no viniera y a no decirme más nada para no tenerme descontenta, pero no tenía ánimo de hacerlo, mucho más porque la obediencia no lo consentía. 

                    Mientras me encontraba entre estas amarguras, primero ha venido una luz, con una voz que decía: “A medida que el hombre se entromete en las cosas terrenas, así se aleja y pierde la estima de los bienes eternos. Yo he dado las riquezas para que se sirvan de ellas para su santificación, pero se han servido de ellas para ofenderme y formar un ídolo para su corazón, y Yo destruiré a las personas y a las riquezas junto con ellas”. 

                    Después de esto he visto a mi amadísimo Jesús, pero tan sufriente, ofendido y airado con las gentes, que daba terror. Yo súbito he comenzado a decirle: “Señor, Te ofrezco Tus Llagas, Tu Sangre, el uso santísimo de Tus Santísimos Sentidos que hiciste en el curso de Tu vida mortal, para repararte las ofensas y el mal uso de los sentidos que hacen las criaturas”. 

                    Y Jesús, tomando un aspecto serio y casi airado ha dicho: “¿Sabes tú cómo han llegado a ser los sentidos de las criaturas?. Como aquellos rugidos de las bestias feroces, que con sus rugidos alejan a los hombres en vez de atraerlos. Es tanta la podredumbre y la multiplicidad de las culpas que sale de sus sentidos, que me obligan a huir”. 

                    Y yo: “¡Ah! Señor, como Te veo enojado. Si Tú quieres continuar mandando castigos, yo me quiero ir al Cielo, o bien quiero salir de este estado. ¿En qué aprovecha estar en él si ya no puedo más ofrecerme víctima para librar a las gentes?.” 

                    Y Él, hablándome serio, tanto que me sentía aterrar, me ha dicho: “Tú quieres tocar los dos extremos, o que no haga nada, o que tú te quieres venir. ¿No te contentas conque las gentes sean perdonadas en parte?. ¿Crees tú que Corato sea el mejor y el que menos me ofende?. ¿Y el que lo haya perdonado en parte en comparación de las otras ciudades es cosa de nada?. Por eso conténtate y cálmate, y mientras Yo me ocupo en castigar a las gentes, tú acompáñame con tus suspiros y con tus sufrimientos, pidiéndome que los mismos castigos sirvan para la conversión de los pueblos”.


 Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 2, 21 de Octubre de 1899



domingo, 3 de agosto de 2025

EL ALMA QUE POSEE LA GRACIA TIENE POTESTAD SOBRE EL INFIERNO, SOBRE LOS HOMBRES Y SOBRE DIOS



                    Esta mañana mi adorable Jesús no venía, y después de mucho esperar ha venido la Virgen Mamá conduciéndolo casi por la fuerza, pero Jesús huía. Entonces la Virgen Santísima me ha dicho: “Hija Mía, no te canses en pedirle, más bien sé inoportuna, porque este huir que hace es señal de que quiere enviar algún castigo, por eso huye de la vista de las personas amadas, pero tú no te detengas, porque el alma que posee la gracia tiene potestad sobre el Infierno, sobre los hombres y sobre Dios mismo, porque siendo la Gracia parte de Dios mismo, poseyéndola el alma, ¿no tiene tal vez el poder sobre lo que ella misma posee?”. 

                    Entonces después de mucho esperar, obligado por la Mamá Reina e importunado por mí, ha venido, pero con un aspecto imponente y serio, de modo que no me atrevía a hablar, no sabía cómo hacer para quitarle aquel aspecto tan imponente. Pensé comenzar a hablar con disparates diciéndole: “Mi dulce Bien, amémonos, si no nos amamos nosotros, ¿quién nos debe amar?. Y si no Te contentas con mi amor, ¿quién podrá contentarte?. ¡Ah!, dame una señal cierta de que estás contento de mi amor, de otra manera yo desfallezco, yo muero”. 

                    ¿Pero quién puede decir todos los disparates que he dicho?. Creo que es mejor pasarlos por alto; pero con esto parece que he tenido éxito en quitarle aquel aire imponente que tenía, y me ha dicho: “Sólo estaré contento de tu amor cuando éste sobrepase el río de la iniquidad de los hombres, por eso piensa en acrecentar tu amor, porque así más estaré contento de ti”. 

                    Dicho esto ha desaparecido.


 Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 4, 3 de Agosto de 1901



viernes, 1 de agosto de 2025

LA HUMANIDAD DE JESÚS ES EL ESPEJO DE LA DIVINIDAD. CASTIGOS



                    Continúa mi adorable Jesús viniendo poquísimas veces y por poco tiempo. Esta mañana me sentía toda aniquilada y casi no me atrevía a ir en busca de mi sumo Bien; pero Él siempre benigno ha venido, y queriéndome infundir confianza me ha dicho:“Hija Mía, ante Mi Majestad y pureza no hay quien pueda estar de frente, más bien todos están obligados a estar por tierra y golpeados por el fulgor de Mi Santidad. El hombre quisiera casi huir de Mí, porque es tal y tanta su miseria, que no tiene valor para sostenerse delante del Ser Divino. Entonces haciendo uso de Mi Misericordia asumí Mi Humanidad, la que atenuando los rayos de la Divinidad, es medio para infundir confianza y ánimo al hombre para venir a Mí, el cual poniéndose de frente a Mi Humanidad, que expande rayos atenuados de la Divinidad, tiene el bien de poderse purificar, santificar y hasta divinizar en Mi Misma Humanidad deificada. 

                    Por eso tú estate siempre de frente a Mi Humanidad, teniéndola como espejo en el cual limpiarás todas tus manchas; y no sólo esto, sino como espejo en el cual reflejándote adquirirás la belleza, y poco a poco irás adornándote a semejanza de Mí Mismo, porque es propiedad del espejo hacer aparecer dentro de sí la imagen similar a aquella de quien se mira en él; si así es el espejo material, mucho más es el divino, porque Mi Humanidad sirve al hombre como espejo para mirar Mi Divinidad. He aquí por esto que todos los bienes para el hombre derivan de Mi Humanidad”. 

                    Mientras esto decía, me sentía infundir tal confianza, que me ha venido el pensamiento de quererle hablar de los castigos, tal vez me escuchara y haría el intento de aplacarlo del todo. Pero mientras me disponía a esto, como rayo ha desaparecido, y mi alma corriendo detrás de Él se ha encontrado fuera de mí misma; pero no lo he podido reencontrar más, y con suma amargura mía he visto muchas personas que iban a las cárceles, a otros sectarios que salían para atentar contra otras vidas de reyes y de otros jefes; veía que se carcomían de rabia porque les falta el medio para salir entre los pueblos y hacer matazón, sin embargo llegará su tiempo. Después de esto me he encontrado en mí misma, toda oprimida y afligida.


 Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 3, 1 de Agosto de 1900




martes, 24 de junio de 2025

LA CRUZ ES EL ALIMENTO DE LA HUMILDAD



                    Después de haber pasado algunos días de privación, en que a lo más se hacía ver como sombra, como un relámpago, mis potencias las sentía todas adormecidas, de modo que yo misma no entendía lo que sucedía en mi interior. En este adormecimiento una sola pena se despertaba en mi interior, y era que me parecía que me había pasado como a uno que mientras duerme pierde la vista, o bien es despojado de todas sus riquezas, por lo que el miserable no puede ni dolerse, ni defenderse, ni usar algún medio para liberarse de sus infortunios. ¡Pobrecito, en qué estado tan desastroso se encuentra!. Pero, ¿cuál es la causa?. El sueño, porque si estuviera despierto ciertamente se sabría defender de sus desventuras. Así es mi mísero estado, no me es dado ni siquiera dar un gemido, un suspiro, derramar una lágrima, porque he perdido de vista a Aquel que es todo mi amor, todo mi bien y que forma todo mi contento. Parece que para que yo no sufra por su privación me ha adormecido y me ha dejado. ¡Ah! Señor, despiértame Tú, a fin de que pueda ver mis miserias y conocer al menos de qué estoy privada. 

                    Ahora, mientras me encontraba en este estado, desde dentro de mi interior he oído al Bendito Jesús que se lamentaba continuamente. Aquellos lamentos han herido mis oídos y despertándome un poco he dicho: “Mi solo y único Bien, por Tus lamentos advierto el estado tan sufriente en el cual Te encuentras, esto Te sucede porque quieres sufrir solo y no quieres hacerme partícipe de Tus penas, es más, para no tenerme en Tu compañía me has adormecido y me has dejado sin hacerme entender más nada. Entiendo el por qué de todo esto, para estar más libre en castigar, pero ¡ah! ten compasión de mí, pues sin Ti estoy ciega, y ten compasión de Ti, porque siempre es bueno en todas las circunstancias tener quien Te haga compañía, que Te consuele y que de algún modo mitigue Tu furor, porque por ahora estás firme en mandar flagelos, pero cuando veas a Tus imágenes perecer por la miseria, Te lamentarás más que ahora y tal vez me dirás: “¡Ah, si tú te hubieras empeñado más en aplacarme, si hubieras tomado sobre ti las penas de las criaturas, no vería tan destrozados a Mis mismos miembros!”. ¿No es verdad mi pacientísimo Jesús?. ¡Ah, consuélate un poco y déjame sufrir en lugar tuyo!”.

                    Mientras esto decía, Él se lamentaba continuamente, casi en acto de querer ser compadecido y aliviado, pero quería que le arrancara casi por fuerza este mismo alivio, por lo que tras mis ruegos ha extendido en mi interior Sus manos y pies clavados y me ha participado un poco Sus penas. 

                    Después de esto, dando un poco de tregua a sus lamentos me ha dicho: “Hija Mía, son los tristes tiempos que a esto Me obligan, porque los hombres se han fortalecido y ensoberbecido tanto, que cada uno cree ser dios para sí mismo, y si Yo no pongo mano a los flagelos haría un daño a sus almas, porque sólo la Cruz es el alimento de la humildad. Entonces, si no hiciera esto, Yo mismo les haría faltar el medio para humillarlos y rendirlos de su extraña locura, si bien la mayor parte Me ofenden más, pero Yo hago como un padre que reparte a todos el pan para alimentarlos; que algunos hijos no lo quieran tomar, más bien que se sirvan de él para arrojarlo en la cara al padre, ¿qué culpa tiene de ello el pobre padre?. Así soy Yo. Por eso compadéceme en Mis aflicciones”. Dicho esto ha desaparecido dejándome medio despierta y medio adormecida, no sabiendo yo misma ni si debo despertarme perfectamente, ni si debo dormirme otra vez.


Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 3, 24 de Junio de 1900



sábado, 7 de junio de 2025

JESÚS LE ENTREGA LAS LLAVES DE LA JUSTICIA Y UNA LUZ PARA DESCUBRIRLA



                    Como me encontraba en algún modo sufriente, me parecía que aquellos sufrimientos eran una dulce cadena que atraía a mi buen Jesús a hacerlo venir casi de continuo, y me parecía que aquellas penas llamaban a Jesús para hacerlo derramar en mí otras amarguras. Entonces, al venir, ahora me sostenía en Sus brazos para darme fuerza, y ahora derramaba de nuevo. 

                    Yo de vez en cuando le decía: “Señor, ahora siento en mí parte de Tus penas, Te ruego que me contentes, como Te dije ayer de darme al menos la mitad de lo que sirve para alimento del hombre”. Y Él: “Hija Mía, para contentarte te entrego las llaves de la Justicia y el conocimiento de cuánto es necesario absolutamente castigar al hombre, y con esto harás lo que te plazca, ¿no estás contenta por ello?”. 

                    Al oírme decir esto me consolé y decía en mi interior: “Si está en mí, de hecho no castigaré a ninguno”. Pero cómo quedé desengañada cuando el Bendito Jesús me dio una llave y me puso en medio de una luz, y mirando desde en medio de aquella luz descubría todos los atributos de Dios, y también los de la Justicia. ¡Oh, cómo todo está ordenado en Dios!. Y si la Justicia castiga, es Orden; y si no castiga no estaría en orden con los demás atributos. 

                    Ahora me veía como miserable gusano en medio de aquella luz, y que si quisiera impedir el curso a la Justicia, estropearía el orden e iría en contra de los mismos hombres, porque comprendía que la misma Justicia es amor purísimo hacia ellos. Entonces me he encontrado toda confundida y molesta, por eso para desentenderme he dicho a nuestro Señor: “Con esta luz de la cual me habéis rodeado entiendo las cosas diversamente, y si me dejaras obrar a mí lo haría peor que Tú, por eso no acepto este conocimiento y renuncio a las llaves de la Justicia; lo que acepto y quiero es que me hagas sufrir a mí y que liberes a las gentes; del resto no quiero saber nada”. 

                    Y Jesús sonriendo ante mi hablar me ha dicho: “¡Cómo! tan pronto quieres desentenderte, no queriendo conocer ninguna razón y queriéndome hacer violencia más fuerte te quieres salir con dos palabras: hazme sufrir a mí y libéralos”. Y yo: “Señor, no es que no quiera saber ninguna razón, sino que no es oficio mío, sino Tuyo. Mi oficio es el de ser víctima, por eso Tú haz Tu oficio y yo hago el mío, ¿no es verdad mi amado Jesús?”. Y Él, mostrando como una aprobación ha desaparecido.


Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 3, 7 de Junio de 1900




viernes, 9 de mayo de 2025

LAMENTOS, PETICIONES, COLOQUIO CON JESÚS



                    Esta mañana me encontraba en un mar de aflicción por la pérdida de Jesús. Después de mucho esperar ha venido y se estrechaba tanto a mí, que no podía ni siquiera verlo, llegaba a poner Su frente sobre la mía, apoyaba Su Rostro sobre el mío y así todos los demás miembros. 

                    Ahora, mientras Jesús estaba en esta posición le he dicho: "Mi adorable Jesús, ¿ya no me quieres?"

                    Y Él: "Si no te amara no Me estaría tan cerca de ti."

                    Y yo he vuelto a decirle: "¿Cómo me dices que me amas si no me haces más sufrir como antes?. Temo que no me quieras más en este estado; al menos libérame entonces del fastidio del Confesor."

                    Mientras esto decía, parecía que Jesús no hacía caso a mis palabras y me hacía ver una multitud de gente que cometían toda clase de infamias, y Jesús indignado con ellos, hacía caer entre ellos diferentes clases de enfermedades contagiosas, y muchos morían negros como carbones, parecía que Jesús exterminaba de la faz de la tierra a aquella multitud de gente.

                    Mientras esto veía, le pedí a Jesús que vertiera en mí Sus amarguras a fin de que pudiera yo librar a la gente, pero ni siquiera en esto me hacía caso; y respondiéndome a las palabras que antes le había dicho ha agregado:

                    "El más grande castigo que puedo darte a ti, al Sacerdote y al pueblo, es si te liberase de este estado de sufrimientos. Mi Justicia se desahogaría con todo su furor, porque no encontraría más alguna oposición. Tan es verdad, que el peor mal para alguien es ser puesto en un oficio y después ser depuesto, mejor para él si no se le hubiera encargado aquel oficio, porque abusando y no aprovechando se vuelve indigno."

                    Después Jesús ha seguido viniendo varias veces el día de hoy, pero tan afligido que daba piedad y hasta hacía llorar, tal vez hasta las mismas piedras. Por cuanto pude busqué consolarlo, ahora lo abrazaba, ahora le sostenía la cabeza tan sufriente, ahora le decía: "Corazón de mi corazón, Jesús, nunca ha sido Tu costumbre aparecerte a mí tan afligido; si otras veces te has hecho ver afligido, con verter en mí Tus amarguras pronto has cambiado aspecto, pero ahora me es negado darte este alivio. ¿Quién lo diría, que después de tanto tiempo que te has dignado derramar Tus amarguras en mí y hacerme partícipe de Tus sufrimientos, y que Tú mismo has hecho tanto para disponerme, ahora deba quedar privada?. El sufrir por Tu Amor era mi único alivio, era el sufrir lo que me hacía soportar el exilio del Cielo, pero ahora, faltándome esto siento que no tengo ya donde apoyarme y la vida me da fastidio. ¡Ah! Esposo Santo, amado Bien, amada Vida mía, haz que vuelvan a mí las penas, dame el sufrir, no mires mi indignidad y mis graves pecados, sino Tu gran Misericordia que no está agotada."

                    Mientras me desahogaba con Jesús, Él, acercándose más a mí me ha dicho: “Hija Mía, es Mi Justicia que quiere desahogarse sobre las criaturas; el número de pecados de los hombres está casi completo y la Justicia quiere salir fuera para hacer gala de su furor y repararse de las injusticias de los hombres. Bueno, para hacerte ver como Estoy amargado y para contentarte un poco, quiero verter en ti sólo Mi aliento."

                    Y así, acercando Sus labios a los míos me enviaba Su respiro, que era tan amargo que me sentía envenenar la boca, el corazón y toda mi persona.

                    Si Su solo aliento era tan amargo, ¿qué será del resto de Jesús?. Me dejó tanta pena que me sentí traspasar el corazón.


Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 2, 9 de Mayo de 1899