Escribo por obedecer y ofrezco todo a mi dulce Jesús, uniéndome al sacrificio de Su
obediencia para obtener la gracia y la fuerza de hacerla como Él quiere. Y ahora, ¡oh mi
Jesús! dame Tu santa mano y la luz de Tu Inteligencia, y escribe junto conmigo.
Estaba pensando en el gran portento de la Inmaculada Concepción de mi Reina y
Celestial Mamá, y en mi interior he oído decirme: "Hija Mía, la Inmaculada Concepción de Mi amada Mamá fue prodigiosa y del todo
maravillosa, tanto que Cielos y tierra quedaron estupefactos e hicieron fiesta.
Las Tres Divinas
Personas hicieron competencia: el Padre hizo salir un mar inmenso de Potencia; Yo, Hijo,
saqué un mar infinito de Sabiduría; y el Espíritu Santo un mar inmenso de Eterno Amor, que
fundiéndose formaron un solo mar y en medio de este mar fue formada la Concepción de esta
Virgen, elegida entre las elegidas, así que la Divinidad suministró la sustancia de esta
Concepción, y no sólo era centro de vida de esta admirable y singular criatura, sino que este
mar le estaba alrededor, no sólo para tenerla defendida de todo lo que pudiera ensombrecerla,
sino para darle a cada instante nuevas bellezas, nuevas gracias, potencia, sabiduría, amor,
privilegios, etc.
Así que Su pequeña naturaleza fue concebida en el centro de este mar, y se
formó y creció bajo el influjo de estas olas divinas, tanto, que no apenas fue formada esta
noble y singular criatura, la Divinidad no quiso esperar como es Su costumbre con las demás
criaturas, quería Sus abrazos, la correspondencia de Su amor, Sus besos, gozarse Sus
inocentes sonrisas, y por eso no apenas fue formada su Concepción le di el uso de razón, la
doté de todas las ciencias, le hice conocer Nuestras alegrías y Nuestros dolores con relación a
la Creación; y desde el seno materno Ella venía al Cielo, a los pies de Nuestro Trono para
darnos los abrazos, la correspondencia de Su amor, Sus tiernos besos, y arrojándose en
Nuestros brazos nos sonreía con tal complacencia de gratitud y de agradecimiento, que
arrancaba nuestras sonrisas.
¡Oh!, cómo era bello ver a esta inocente y privilegiada criatura,
enriquecida con todas las cualidades divinas, venir en medio de Nosotros toda amor, toda
confianza, sin temor, porque solamente el pecado es lo que pone distancia entre Creador y
criatura, rompe el amor, hace perder la confianza e infunde temor, así que Ella venía en medio
de Nosotros como Reina, que con Su amor, dado por Nosotros, Nos dominaba, Nos raptaba,
Nos ponía en fiesta y se hacía raptora de otro amor, y Nosotros la hacíamos hacer, gozábamos
del amor que nos arrebataba y la constituimos Reina del Cielo y de la tierra.
Cielo y tierra
exultaron e hicieron fiesta junto con Nosotros, por tener después de tantos siglos a su Reina;
el sol sonrió en su luz, y se creyó afortunado por tener que servir a su Reina con darle luz; el
Cielo, las estrellas y todo el Universo sonrieron de alegría e hicieron fiesta, porque debían
alegrar a su Reina haciéndole ver la armonía y belleza del firmamento; sonrieron las plantas,
pues debían nutrir a su Reina, y también la tierra sonrió y se sintió ennoblecida al deber dar
habitación y por tener que hacerse pisar por los pasos de su Emperatriz. Sólo el Infierno lloró
y sintió perder las fuerzas por el dominio de esta Soberana Señora.
¿Pero sabes tú cuál fue el primer acto que hizo esta Celestial criatura cuando se
encontró la primera vez ante Nuestro Trono?. Ella conoció que todo el mal del hombre había
sido la ruptura entre su voluntad y la de su Creador, y Ella se estremeció, y sin dejar pasar el tiempo ató Su Voluntad a los pies de Mi Trono, sin ni siquiera quererla conocer, y Mi Voluntad
se ató a Ella y se constituyó centro de vida, tanto que entre Ella y Nosotros se abrieron todas
las corrientes, todas las relaciones, todas las comunicaciones, y no hubo secreto que no le
confiáramos.
Fue propiamente esto el acto más bello, más grande, más heroico que hizo, el
poner a Nuestros pies Su voluntad, y que a Nosotros, como raptados, nos hizo constituirla
Reina de todos. ¿Ves entonces qué significa atarse con Mi Voluntad y no conocer la propia?. El segundo acto que hizo fue ofrecerse a cualquier sacrificio por amor nuestro.
El tercero fue restituirnos el Honor y la Gloria de toda la Creación, que el hombre Nos
había quitado con hacer su voluntad; y aun desde el seno materno lloró por amor Nuestro,
porque Nos vio ofendidos, y lloró de dolor por el hombre culpable. ¡Oh! cómo nos enternecían
estas lágrimas inocentes y apresuraban la suspirada Redención.
Esta Reina Nos dominaba,
Nos ataba, Nos arrancaba gracias infinitas, Nos inclinaba tanto hacia el género humano que no
podíamos ni sabíamos resistir a Sus repetidas instancias; ¿pero de dónde le venía tal poder y
tanta ascendencia sobre la misma Divinidad?. ¡Ah! tú lo has entendido, era la Potencia de
Nuestro Querer que obraba en Ella, que mientras la dominaba la hacía dominadora de Dios
mismo. Además ¿cómo podíamos resistir a tan inocente criatura poseída por la Potencia y
Santidad de Nuestro Querer?. Sería resistir a Nosotros mismos, Nosotros descubríamos en
Ella Nuestras cualidades divinas, como olas afluían sobre Ella los reflejos de Nuestra Santidad,
los reflejos de los modos divinos, de Nuestro Amor, de Nuestra Potencia, etc., y Nuestro Querer,
que era Su centro, atraía todos los reflejos de Nuestras cualidades divinas y se hacía corona y
defensa de la Divinidad habitante en Ella.
Si esta Virgen Inmaculada no hubiera tenido el
Querer Divino como centro de vida, todas las demás prerrogativas y privilegios con los cuales
tanto la enriquecimos habrían sido una nada frente a eso. Fue esto lo que le confirmó y le
conservó los tantos privilegios, y no sólo, sino que a cada instante le multiplicaba nuevos. He
aquí la causa por la qué la constituimos Reina de todos, porque cuando Nosotros obramos lo
hacemos con Razón, Sabiduría y Justicia, porque jamás dio vida a Su querer humano, sino que
Nuestro Querer fue siempre íntegro en Ella. ¿Cómo podíamos decir a otra criatura, Tú eres
Reina del Cielo, del Sol, de las estrellas, etc., si en lugar de tener Nuestro Querer por dominio
fuera dominada por Su querer humano?. Todos los elementos, Cielo, Sol, Tierra, se habrían
sustraído del régimen y dominio de esta criatura, todos habrían gritado en su mudo lenguaje:
‘No la queremos, nosotros somos superiores a Ella porque jamás nos hemos sustraído de Tu
Eterno Querer; tal como nos creaste así somos.’ Habría gritado el Sol con su luz, las estrellas
con su centelleo, el mar con sus olas, y así todo lo demás. En cambio, como todos sintieron el
dominio de esta Virgen excelsa, que casi como hermana suya jamás quiso conocer Su
voluntad sino sólo la de Dios, no sólo hicieron fiesta, sino que se sintieron honrados por tener
su Reina y corrieron en torno a Ella para hacerle cortejo y tributarle sus homenajes, con
ponerse la Luna como escabel de Sus pies, las estrellas como corona, el Sol como diadema, los
Ángeles como siervos, los hombres como esperando; todos, todos le rindieron honores y le
hicieron sus homenajes.
No hay honor y gloria que no se pueda dar a Nuestro Querer, sea
que obre en Nosotros, en su propia sede, sea que habite en la criatura. ¿Pero sabes tú cuál fue el primer acto que hizo esta noble Reina cuando saliendo del
seno materno abrió los ojos a la luz de este bajo mundo?. Cuando Ella nació, los Ángeles le
cantaron canciones de cuna a la Celestial Bebita y Ella quedó extasiada, y Su bella Alma salió
de Su cuerpecito, acompañada por legiones angélicas y giró por tierra y Cielo y fue recogiendo
todo el Amor que Dios había esparcido en todo lo creado, y penetrando en el empíreo vino a
los pies de Nuestro Trono y Nos ofreció la correspondencia del Amor de todo lo creado, y
pronunció Su primer gracias a nombre de todos.
¡Oh! cómo nos sentimos felices al oír el
gracias de esta bebita Reina, y le confirmamos todas las gracias, todos los dones, para
hacerla superar a todas las demás criaturas unidas juntas. Después, arrojándose en Nuestros
brazos se deleitó con Nosotros, nadando en el océano de todos los contentos, quedando embellecida de nueva belleza, de nueva Luz y de nuevo Amor; suplicó de nuevo por el género
humano, pidiéndonos con lágrimas que descendiera el Verbo Eterno para salvar a Sus
hermanos, pero mientras esto hacía, Nuestro Querer le hizo saber que bajara a la tierra, y Ella
de inmediato dejó Nuestros contentos y las alegrías y partió, ¿para hacer qué cosa?, ¡Nuestro
Querer!.
¡Qué potente imán era Nuestro Querer habitante en la tierra en esta recién nacida
Reina!. No Nos parecía ya extraña la tierra, no Nos sentíamos ya para castigarla haciendo uso
de Nuestra Justicia; teníamos la Potencia de Nuestra Voluntad que en esta inocente Niña Nos
despedazaba los brazos, Nos sonreía desde la tierra, y cambiaba la Justicia en gracias y en
dulce sonrisa, tanto, que no pudiendo resistir al dulce encanto, el Verbo Eterno apresuró Su
carrera.
¡Oh prodigio de Mi Querer Divino, a Ti todo se debe, por Ti se cumple todo y no hay
prodigio más grande que Mi Querer habitante en la criatura!".
Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 15, 8 de Diciembre de 1922