Continuando mi habitual estado (1), mi dulce Jesús ha venido todo cansado, en acto de
pedirme ayuda, y apoyando Su Corazón sobre el mío me hacía sentir Sus penas; cada pena
que sentía era capaz de darme muerte, pero Jesús sosteniéndome me daba la fuerza para no
morir. Después, mirándome me ha dicho:
“Hija Mía, paciencia, en ciertos días Me son más que nunca necesarias tus penas, para
hacer que el mundo no se incendie del todo, por eso quiero hacerte sufrir más”.
Y con una lanza que tenía en la mano me ha traspasado el corazón. Yo sufría mucho
pero me sentía feliz pensando que mi Jesús dividía conmigo Sus penas, y que desahogándose
conmigo podía librar a las gentes de los inminentes y terribles flagelos que caerán. Después
de algunas horas de intensas penas, mi amable Jesús me ha dicho:
“Querida hija Mía, tú sufres mucho, por eso ven en Mi Querer para tomar descanso y
juntos recemos por la pobre humanidad”.
Yo no sé cómo me he encontrado en la inmensidad del Querer Divino, en brazos de
Jesús, y Él como en voz baja decía y yo repetía junto con Él. Diré algo de lo que decía,
porque el decirlo todo me resulta imposible. Recuerdo: en el Querer de Jesús veía todos los Pensamientos de Jesús, todo el bien
que nos había hecho con Su Inteligencia, y cómo de Su Mente recibían vida todas las
inteligencias humanas, pero, ¡oh, Dios! qué abuso hacían de ellas, cuántas ofensas, y yo
decía: “Jesús, multiplico mis pensamientos en Tu Querer para dar a cada pensamiento Tuyo el
beso de un pensamiento divino, una adoración, un reconocimiento a Ti, una reparación, un
amor de pensamiento divino, como si otro Jesús lo hiciera, y esto en nombre de todos y de
todos los pensamientos humanos, presentes, pasados y futuros, e intento suplir a las mismas
inteligencias de las almas perdidas. Quiero que la Gloria por parte de las criaturas sea
completa y que ninguno falte a la llamada, y lo que no hacen ellas, lo hago yo en Tu Querer
para darte Gloria Divina y completa”.
Después, Jesús mirándome esperaba como si quisiera una reparación a Sus ojos; y yo
he dicho: “Jesús, me multiplico en Tus miradas, para tener también yo tantas miradas por
cuantas veces has mirado a la criatura con amor; en Tus lágrimas para llorar también yo por
todas las culpas de las criaturas, para poderte dar en nombre de todas, miradas de Amor Divino
y Lágrimas Divinas, para darte Gloria y Reparación completa por todas las miradas de todas las
criaturas”.
Luego, Jesús ha querido que a todo, a la boca, al corazón, a los deseos, etc.,
continuara con las reparaciones, multiplicando todo en Su Querer; y si lo dijera todo me
extendería demasiado, por eso paso adelante. Después Jesús ha agregado:
“Hija Mía, conforme tú hacías tus actos en Mi Querer, tantos soles se formaban entre el
Cielo y la tierra, y Yo miro la tierra a través de estos soles, de otra manera es tanta la
repugnancia que Me da la tierra, que no podría mirarla. Pero ella poco recibe de estos soles,
porque son tantas las tinieblas que expanden, que poniéndose de frente a estos soles no
recibe ni toda la luz ni el calor”.
Después me ha transportado en medio de las criaturas, ¿pero quién puede decir todo lo
que hacían?. Sólo digo que mi Jesús con acento doloroso ha agregado:
“Qué desorden en el mundo, pero este desorden es culpa de las cabezas, tanto civiles
como eclesiásticas; su vida interesada y corrupta no tiene fuerza para corregir a los súbditos,
por tanto han cerrado los ojos ante los males de los miembros, porque hubieran recriminado
los males propios, y si lo han hecho ha sido todo en modo superficial, porque no teniendo en
ellos la vida de aquel bien, ¿cómo podían infundirla en los demás?. Y cuántas veces estas
perversas cabezas han antepuesto los malos a los buenos, tanto que los pocos buenos han
quedado turbados por este actuar de las cabezas, por eso haré castigar a las cabezas en
modo especial”.
Y yo: “Perdona a las cabezas de la Iglesia, ya son pocos, si Tú los golpeas faltaran los
regidores”.
Y Jesús: “¿No recuerdas que con doce apóstoles fundé Mi Iglesia?. Así, los pocos que
quedarán bastarán para reformar al mundo. El Enemigo está ya a sus puertas, las
revoluciones están ya en acto, las naciones nadarán en la sangre, las cabezas serán
dispersadas; reza, reza y sufre, a fin de que el Enemigo no tenga la libertad de convertir todo
en ruinas”.
Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 12, 7 de Abril de 1919
1- Por una particular disposición de Dios, Luisa Piccarreta permanecía toda la noche sumida en un profundo éxtasis, paralizada, mientras recibía luces del Cielo; tan sólo conseguía liberarla de aquél místico trance la bendición del Sacerdote, que cada mañana celebraba la Santa Misa en su dormitorio. Este "sueño extático" era tan cotidiano para Luisa que ella lo definió en sus escritos como "mi habitual estado". Dicha fenomenología no fue exclusiva de Piccarreta, se dio con anterioridad en Santa Catalina de Siena y casi a la vez en la mística portuguesa Alexandrina Da Costa, entre otras almas privilegiadas.
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