Estaba fundiéndome en el Santo Querer de mi siempre amable Jesús, y junto con Él mi
inteligencia se perdía en la Obra de la Creación, adorando y agradeciendo por todo y por todos
a la Majestad Suprema, y mi Jesús, todo afabilidad me ha dicho:
“Hija Mía, al crear el Cielo, primero creé las estrellas como astros menores, y después
creé el Sol, astro mayor, dotándolo de tal luz, de eclipsar a todas las estrellas, como
escondiéndolas en sí, constituyéndolo rey de las estrellas y de toda la naturaleza. Es Mi
costumbre hacer primero las cosas menores, como preparativo a las cosas mayores, y éstas
como corona de las cosas menores. El Sol, mientras es Mi relator, al mismo tiempo simboliza
a las almas que formarán su Santidad en Mi Querer; los Santos que han vivido al reflejo de Mi
Humanidad y como a la sombra de Mi Voluntad, serán las estrellas; y aquellas, si bien han
venido después, serán los soles. Este orden lo tuve también en la Redención: Mi nacimiento
fue sin estrépito, más bien ignorado; Mi infancia, sin esplendor de cosas grandes ante los
hombres; Mi Vida de Nazaret fue tan oculta, que viví como ignorado por todos, Me adaptaba a
hacer las cosas más pequeñas y comunes a la vida humana; en la vida pública hubo alguna
cosa de grande, pero sin embargo, ¿quién conoció Mi Divinidad?. Ninguno, ni siquiera los
Apóstoles, pasaba en medio de las multitudes como otro hombre, tanto que todos podían
acercárseme, hablarme y hasta despreciarme”.
Y yo, interrumpiendo el hablar de Jesús he dicho: “Jesús, amor mío, qué tiempos felices
eran aquellos, más feliz aquella gente que podía, con sólo quererlo, acercarse a Ti, hablarte y
estar Contigo”.
Y Jesús: “¡Ah! hija Mía, la verdadera felicidad la lleva Mi Voluntad, sólo Ella encierra
todos los bienes en el alma, y haciéndose corona en torno al alma, la constituye reina de la
verdadera felicidad; solamente ellas serán reinas de Mi Trono, porque son parto de Mi Querer.
Tan es verdad esto, que aquella gente no fue feliz, muchos me vieron, pero no Me conocieron, porque Mi Querer no residía en ellos como centro de vida, por tanto, a pesar de que Me vieron
permanecieron infelices, y sólo aquellos que tuvieron el bien de recibir en sus corazones el
germen de Mi Querer, se dispusieron a recibir el bien de verme resucitado. Ahora, el portento
de Mi Redención fue la Resurrección, que más que refulgente sol coronó Mi Humanidad,
haciendo resplandecer aún Mis más pequeños actos con un esplendor y maravilla tal, que
hicieron quedar estupefactos a Cielo y tierra, que será principio, fundamento y cumplimiento
de todos los bienes, corona y gloria de todos los Bienaventurados; Mi Resurrección es el
verdadero sol que glorifica dignamente a Mi Humanidad, es el Sol de la Religión Católica, es la
verdadera Gloria de cada cristiano; sin la Resurrección habría sido como el Cielo sin Sol, sin
calor y sin vida. Ahora, Mi Resurrección es símbolo de las almas que formarán la Santidad en
Mi Querer; los Santos de los siglos pasados son símbolos de Mi Humanidad, que si bien
resignados, no han tenido actitud continua en Mi Querer, por tanto no han recibido la marca
del Sol de Mi Resurrección, sino la marca de las obras de Mi Humanidad antes de la
Resurrección, por eso serán muchos, casi como estrellas Me formarán un bello ornamento al
Cielo de Mi Humanidad, pero los Santos del vivir en Mi Querer, que simbolizarán Mi Humanidad
resucitada, serán pocos; en efecto, Mi Humanidad antes de morir, fue vista por muchas turbas
y multitudes de gentes, pero Mi Humanidad resucitada la vieron pocos, solamente los
creyentes, los más dispuestos, y podría decir que sólo aquellos que contenían el germen de Mi
Querer, porque si no lo hubieran tenido, les habría faltado la vista necesaria para poder ver a
Mi Humanidad gloriosa y resucitada, y por tanto ser espectadores de Mi subida al Cielo.
Ahora, si Mi Resurrección simboliza a los Santos del vivir en Mi Querer, es con razón,
porque cada acto, palabra, paso, etc., hecho en Mi Querer es una resurrección divina que el
alma recibe, es la marca de Gloria que recibe, es un salir de sí para entrar en la Divinidad y
esconderse en el refulgente Sol de Mi Querer, y ahí ama, obra, piensa; ¿qué maravilla
entonces si el alma queda toda resucitada y fundida en el mismo Sol de Mi Gloria y simboliza
Mi Humanidad resucitada?. Pero pocos son los que se disponen a esto, porque las almas, en la
misma Santidad, quieren alguna cosa de bien propio; en cambio la Santidad del vivir en Mi
Querer, nada, nada tiene de propio, sino todo de Dios, y para disponerse las almas a
despojarse de los bienes propios, se necesita demasiado, por eso no serán muchos. Tú no
eres del número de los muchos, sino de los pocos; por eso está siempre atenta a la llamada y
a tu vuelo continuo”.
Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 12, 15 de Abril de 1919