“Hija Mía, el Edén campo de luz en el cual Nuestro Ser Supremo creaba al hombre, se
puede decir que él fue creado en la Luz de Nuestro Fiat, su primer acto de vida fue luz, la cual
extendía detrás y delante a él, a derecha e izquierda, un campo interminable de luz, él debía
recorrer su camino para formar su vida tomando en sus actos tanta luz por cuantos actos
hacía, para formar una luz toda propia, como propiedad suya en virtud de sus actos, si bien
tomada de Mi Divina Voluntad.
Ahora, la diferencia de quien obra en Ella como su principio y
fin, en la cual todos sus actos están unidos al principio de la luz donde fue formada su vida, y
tuvo su primer acto de vida, la luz tiene en custodia esta vida, la defiende, y nada de extraño
deja entrar en su luz para formar uno de los portentos que sólo sabe formar la luz.
En cambio,
quien desciende de esta luz entra en la oscura cárcel de su voluntad, y al hacer sus actos
toma tinieblas, y toma tantas tinieblas por cuantos actos hace, para formarse una propiedad
toda suya de tinieblas. Las tinieblas no saben custodiar, ni defender a aquél que vive en ellas,
y si algún acto bueno hace es siempre tenebroso, porque están atados por tinieblas, y como
ellas no tienen virtud de saber defender, entran cosas extrañas a las mismas tinieblas, entran
las molestias de las debilidades, los enemigos de las pasiones, los ladrones aguerridos que
precipitan a la criatura en el pecado, y llegan a precipitarla en las tinieblas eternas donde no
hay esperanza de luz. ¡Qué diferencia entre quien vive en la Luz de Mi Divina Voluntad y entre
quien vive como aprisionada en su voluntad humana!”.
Después continuaba siguiendo el orden que la Divina Voluntad había tenido en la
Creación, y mi pequeña y pobre inteligencia se detuvo en el punto cuando Dios creó a la
Virgen Inmaculada, y mi amable Jesús moviéndose en mi interior me ha dicho:
“Hija Mía, todos los actos buenos y santos de los Profetas, Patriarcas, y del pueblo
antiguo, formaron el terreno donde el Ente Supremo sembró la semilla para hacer desarrollar
la Vida de la Celestial Niña María, porque su germen fue tomado de la estirpe humana. La
Virgen, teniendo en Sí la Vida obrante de la Divina Voluntad, amplió este terreno con Sus
actos, lo fecundó y divinizó, hizo correr en él, más que lluvia benéfica y restauradora, la
Santidad de Sus virtudes, el calor de Su Amor, y dardeándolo con la luz del Sol de la Divina
Voluntad que poseía como propia, preparó el terreno para desarrollar al Celestial Salvador, y
nuestra Divinidad abrió el Cielo e hizo llover el Justo, el Santo, el Verbo, dentro de este Brote, y
así fue formada Mi Vida Divina y humana para formar la Redención del género humano.
Mira
entonces, en todas Nuestras obras dirigidas a bien de las criaturas queremos encontrar un
apoyo, un lugar, un pequeño terreno dónde poner nuestra obra y el bien que queremos dar a
las criaturas, de otra manera, ¿dónde la ponemos?, ¿en el aire?. ¿Sin que al menos uno lo sepa y que nos atraiga con sus actos formando su pequeño terreno, y Nosotros como celestial
sembrador sembrar el bien que queremos dar?. Si esto no fuese, que de ambas partes,
Creador y criatura, la formaran juntos, ella preparándose con sus pequeños actos para recibir,
y Dios con el dar, sería como si nada hiciéramos o quisiéramos dar a la criatura.
Así que los
actos de la criatura preparan el terreno al Sembrador Divino; si no hay tierra no hay que
esperar la siembra, ninguno va a sembrar si no tiene un pequeño terreno, mucho menos Dios,
Sembrador Celestial, arroja la semilla de Sus verdades, el fruto de Sus obras, si no encuentra
el pequeño terreno de la criatura. La Divinidad para obrar, primero se quiere poner de acuerdo
con el alma, después de que lo hemos hecho y vemos que ella quiere recibir aquel bien, hasta
rogarnos y formarnos el terreno donde ponerlo, entonces con todo amor lo damos, de otra
manera sería exponer a la inutilidad nuestras obras”.


No hay comentarios:
Publicar un comentario