He pasado el día distraída por algunas cosas que he escuchado y que no es necesario decirlas aquí, y también un poco turbada, y por cuanto me esforzaba no lograba liberarme. Por todo el día no he visto a mi dulce Jesús, la vida de mi alma, como si la turbación fuese un velo que poniéndose entre Él y yo impedía el poderlo ver. Entonces, ya avanzada la noche, mi mente cansada se ha calmado, y mi amable Jesús, como si estuviera esperando, se ha hecho ver y doliente me ha dicho:
“Hija Mía, hoy con tu turbación has impedido que el Sol de Mi Persona despuntara en ti, la turbación es nube entre tú y Yo que impide que los rayos desciendan en ti, y si no descienden los rayos, ¿cómo puedes ver el Sol?. Si supieras qué significa no hacer despuntar Mi Sol, el gran mal para ti y para todo el mundo, estarías muy atenta a no turbarte jamás, porque para las almas turbadas es siempre noche, y en la noche no surge el Sol; en cambio para las pacíficas es siempre día, y Yo, a cualquier hora que quiera surgir Mi Sol, el alma está siempre pronta a recibir el bien de Mi venida.
Además, la turbación no es otra cosa que falta de abandono en Mí, y Yo te quiero tan abandonada en Mis brazos, que ni siquiera un pensamiento debes tener de ti, Yo pensaré en todo. No temas, tu Jesús no puede hacer menos que tomar cuidado de ti, tenerte defendida de todos, Me cuestas mucho, mucho he puesto en ti, sólo Yo tengo derecho sobre ti. Entonces, si los derechos son Míos, la custodia será toda Mía, por esto estate en paz y no temas”.
Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 13, 18 de Octubre de 1921


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