Estaba haciendo mi acostumbrado giro en el Fiat Divino, y llamando todo lo que había hecho en la Creación y Redención, los ofrecía a la Majestad Divina para impetrar que la Divina Voluntad fuese conocida, a fin de que reine y domine en medio a las criaturas. Pero mientras esto hacía pensaba entre mí: “¿Cuál es el bien que hago con repetir siempre estos giros, actos y ofrecimientos?. Y mi amable Jesús moviéndose en mi interior me ha dicho:
“Hija Mía, cada vez que giras en Nuestras obras y te unes a los actos que hizo Mi Fiat en la Creación y Redención para ofrecérnoslos, tú das un paso hacia el Cielo y Mi Divina Voluntad da una paso hacia la tierra, así que conforme tú subes, Ella desciende, y mientras queda inmensa se empequeñece y se encierra en tu alma para repetir junto contigo tus actos, tus ofrecimientos, tus oraciones, y Nosotros sentimos que Nuestro Querer Divino ruega en ti; sentimos salir de ti Su respiro; sentimos Su latido, que mientras late en Nosotros, al mismo tiempo late en ti; sentimos la Potencia de nuestras obras creadoras, que alineándose en torno a Nosotros, ruegan con Nuestro Poder Divino que nuestra Divina Voluntad descienda a reinar sobre la tierra; mucho más, porque en lo que tú haces no eres una intrusa, o bien un individuo que no ocupando ningún oficio no tiene ningún poder, sino que has sido llamada, y en modo especial te ha sido dado el oficio de hacer conocer Nuestra Divina Voluntad, y de impetrar que Nuestro Reino sea constituido en medio a la familia humana.
Por eso hay gran diferencia entre quien ha recibido un oficio de Nosotros, y entre quien no ha recibido ningún empeño. Quien ha recibido un oficio, todo lo que hace lo hace con derecho, con libertad, porque tal es Nuestra Divina Voluntad, ella representa a todos aquellos que deben recibir el bien que queremos dar por medio del oficio a ella dado, así que no eres sólo tú la que das un paso hacia el Cielo, sino todos aquellos que conocerán Mi Divina Voluntad, y Ella descendiendo, desciende por medio tuyo en todos aquellos que la harán reinar, por eso el único medio para obtener el Reino del Fiat Divino, es servirte de Nuestras obras para obtener un bien tan grande”.
Después continuaba siguiendo los actos de la Divina Voluntad, y habiendo llegado al punto cuando llamó de la nada a la Soberana Reina, me he detenido a comprenderla, toda bella, majestuosa, Sus derechos de Reina se extendían a todas partes, Cielo y tierra doblaban las rodillas para reconocerla como Emperatriz de todos y de todo, y yo desde el fondo de mi corazón veneraba y amaba a la Soberana Señora, y de pequeña cual soy quería dar un salto sobre Sus rodillas maternas para decirle: “Mamá Santa, toda bella Tú eres, y tal eres porque viviste de Voluntad Divina. ¡Ah! Tú que la posees, pídele que descienda sobre la tierra y venga a reinar en medio de Tus hijos”.
Pero mientras esto hacía, mi adorado Jesús ha agregado:
“Hija Mía, Mi Madre, aunque no hubiera sido Mi Madre, sólo porque hizo perfectamente la Divina Voluntad y no conoció otra vida, y vivió en la plenitud de Ella, en virtud del vivir siempre de Mi Fiat habría poseído todas las prerrogativas divinas, lo mismo habría sido Reina, la más bella de todas las criaturas, porque donde reina Mi Fiat Divino quiere dar todo, no se queda con nada, es más, la ama tanto, que haciendo uso de sus estratagemas amorosas se esconde, se empequeñece en la criatura, amando el hacerse dominar por ella. En efecto, ¿no fue un dominar lo que hizo la Soberana del Cielo de Mi Querer Divino, que llegó a hacerme concebir y a esconderme en Su Seno?. ¡Oh! si todos conocieran qué sabe hacer y qué puede hacer Mi Querer Divino, harían todos los sacrificios para vivir sólo de Mi Voluntad”.
Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 27, 12 de Octubre de 1929

