Encontrándome en mi habitual estado (1), estaba lamentándome con mi dulce Jesús de Sus
privaciones diciéndole: “Amor mío, ¿quién podía pensarlo, que Tu privación me debía costar
tanto?. Me siento morir poco a poco, cada acto mío es una muerte que siento, porque no
encuentro la vida, pero morir y vivir es más cruel aún, más bien, es doble muerte”. Y mi
amable Jesús, de carrera ha venido y me ha dicho:
“Hija Mía, ánimo y firmeza en todo, o qué, ¿no quieres imitarme?. También Yo moría
poco a poco, conforme las criaturas Me ofendían en sus pasos, Yo sentía el desgarro en Mis
pies, pero con tal acerbidad de espasmos, capaces de darme la muerte, y mientras me sentía
morir no moría; conforme Me ofendían con sus obras Yo sentía la muerte en Mis manos, y por
el cruel desgarro Yo agonizaba, Me sentía desfallecer, pero la Voluntad del Padre Me
sostenía, moría y no moría; conforme las malas palabras, las blasfemias horrendas de las
criaturas se repercutían en Mi voz, Yo Me sentía sofocar, ahogar, amargar la palabra y sentía
la muerte en Mi voz, pero no moría. Y Mi desgarrado Corazón conforme palpitaba, sentía en
Mi latido las vidas malas, las almas que se arrancaban, y Mi Corazón estaba en continuos
desgarros y laceraciones; agonizaba y moría continuamente en cada criatura, en cada ofensa,
no obstante el Amor, el Querer Divino, Me obligaban a vivir. He aquí el por qué de tu morir poco a poco, te quiero junto Conmigo, quiero tu compañía en Mis muertes, ¿no estás
contenta?”.
Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 12, 2 de Mayo de 1917
1- Por una particular disposición de Dios, Luisa Piccarreta permanecía toda la noche sumida en un profundo éxtasis, paralizada, mientras recibía luces del Cielo; tan sólo conseguía liberarla de aquél místico trance la bendición del Sacerdote, que cada mañana celebraba la Santa Misa en su dormitorio. Este "sueño extático" era tan cotidiano para Luisa que ella lo definió en sus escritos como "mi habitual estado". Dicha fenomenología no fue exclusiva de Piccarreta, se dio con anterioridad en Santa Catalina de Siena y casi a la vez en la mística portuguesa Alexandrina Da Costa, entre otras almas privilegiadas.

