Continúo mis días privada de mi adorable Jesús, a lo más viene como sombra o como rayo, mi pobre corazón está sobremanera amargado, siento tanto Su privación, que todas mis fibras, los nervios, mis huesos, hasta las gotas de mi sangre, me contienden continuamente y me dicen: “¿Dónde está Jesús?. ¡Cómo!, ¿lo has perdido?. ¿Qué has hecho que no viene más?. ¿Cómo haremos para estarnos sin Él?. ¿Quién nos consolará habiendo perdido la fuente de toda consolación?. ¿Quién nos fortificará en la debilidad, quién nos corregirá y descubrirá nuestros defectos, habiendo quedado privada de aquella Luz, que más que hilo eléctrico penetraba los más íntimos escondites, y con la dulzura más inefable corregía y sanaba nuestras llagas?. Todo es miseria, todo es escuálido, todo es tétrico sin Él, ¿cómo haremos?” .
Y aunque en el fondo de mi voluntad me siento resignada y voy ofreciendo Su misma privación como el sacrificio más grande por amor Suyo, todo lo demás me hace guerra continua y me ponen en tortura. ¡Ah Señor!, cuánto me cuesta el haberte conocido, y a qué alto precio me haces pagar Tus pasadas visitas. Ahora, estando en este estado, por breves instantes se ha hecho ver y me ha dicho:
“Siendo Mi Gracia parte de Mí Mismo, poseyéndola tú, con razón y de estrecha necesidad todo lo que forma tu ser no puede estar sin Mí, he aquí la razón por la que todo te pide a Mí y eres torturada continuamente, porque estando embebida de Mí y llena sólo en parte de Mí Mismo, entonces no se están en paz, pues sólo tienen paz y quedan contentas cuando Me poseen no sólo en parte, sino en todo”.
Y habiéndome lamentado de mi dura situación ha agregado:
“También Yo en el curso de Mi Pasión sentí un extremo abandono, si bien Mi Voluntad estuvo siempre unida con el Padre y con el Espíritu Santo; esto lo quise sufrir para divinizar en todo la Cruz, tanto, que contemplándome a Mí y contemplando la Cruz, encontrarás el mismo esplendor, las mismas enseñanzas y el mismo espejo en el cual podrías reflejarte continuamente, sin diferencia entre uno y otro”.
Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 4, 19 de Abril de 1901


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