Esta mañana después de haber recibido la Comunión he visto a mi adorable Jesús, pero todo cambiado de aspecto. Me parecía serio, todo reservado, en acto de reprenderme. ¡Qué desgarrador cambio! Mi pobre corazón, en vez de ser aliviado, me lo sentía más oprimido, más traspasado ante el aspecto tan insólito de Jesús.
Sin embargo sentía toda la necesidad de un alivio por las penas sufridas en los pasados días por su privación, en que me parecía que vivía, pero agonizante y en continua violencia. Pero Jesús Bendito, queriendo reprenderme porque iba buscando alivio debido a Su Presencia, mientras que no debía buscar otra cosa que sufrir, me ha dicho:
“Así como la cal tiene virtud de quemar los objetos que se meten en ella, así la mortificación tiene virtud de quemar todas las imperfecciones y los defectos que se encuentran en el alma, y llega a tanto, que espiritualiza aun el cuerpo, y como un cerco se pone alrededor, y ahí sella todas las virtudes. Hasta en tanto que la mortificación no te queme bien, tanto el alma como el cuerpo, hasta deshacerlo, no podré sellar perfectamente en ti la marca de Mi Crucifixión”.
Después de esto, no sé decir bien quién fuese, pero me parecía que fuese un Ángel, me ha traspasado las manos y los pies, y Jesús con una lanza que salía de Su Corazón, me ha traspasado el mío con extremo dolor y ha desaparecido dejándome más afligida que antes.
¡Oh, cómo comprendía bien la necesidad de la mortificación, mi inseparable amiga, y que en mí no existía ni siquiera la sombra de amistad con ella!. ¡Ah!, Señor, átame Tú con indisoluble amistad a esta buena amiga, porque por mí no sé mostrarme más que toda rudeza, y ella no viéndose acogida por mí con buena cara, usa conmigo todas las consideraciones, me va rehuyendo siempre, temiendo que le vaya a voltear la espalda del todo, y jamás cumple conmigo su bello y majestuoso trabajo, porque debido a que estamos un poco lejanos, sus manos prodigiosas no llegan hasta mí para poderme trabajar y presentarme ante Ti como obra digna de sus santísimas manos.
Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 3, 13 de Febrero de 1900

No hay comentarios:
Publicar un comentario