Esta mañana me sentía toda oprimida y aplastada, tanto, que estaba en busca de alivio; mi único Bien me ha hecho esperar largamente su venida, y al venir me ha dicho:
“Hija Mía, ¿no tomé Yo sobre Mí por amor tuyo tus pasiones, miserias y debilidades?. ¿Y no quisieras tú tomar sobre ti las de los demás por amor Mío?”.
Después ha agregado:
“Lo que quiero es que tú estés siempre unida Conmigo, como un rayo de sol que está siempre fijo en el centro del sol, y que de él recibe la vida, el calor y el esplendor. Supón tú que un rayo se pudiera separar del centro del sol, ¿en qué se convertiría?. En cuanto saliera perdería la vida, la luz y el calor, y volvería a las tinieblas reduciéndose a la nada. Tal es el alma, mientras está unida Conmigo, en Mi Centro, se puede decir que es como un rayo de sol que vive y recibe luz del sol, camina donde él quiere, en suma, está en todo a disposición y a la voluntad del sol; si después se distrae de Mí, se desune, queda toda en tinieblas, fría, y no siente en sí aquel impulso supremo de Vida Divina”.
Dicho esto ha desaparecido.
Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 4, 9 de Enero de 1901


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