Después de que Jesús ha venido varias veces, pero siempre en silencio, yo me sentía un vacío y una pena porque no oía la voz dulcísima de mi dulce Jesús y Él, regresando, casi para contentarme me ha dicho:
“La gracia es la vida del alma. Así como al cuerpo le da vida el alma, así la Gracia da vida al alma. Pero al cuerpo no le basta para tener vida el tener sólo al alma, sino que necesita también de un alimento para nutrirse y crecer a debida estatura, así al alma no le basta tener la Gracia para tener vida, sino que necesita un alimento para nutrirla y conducirla a debida estatura, ¿y cuál es este alimento?. Es la Correspondencia. Así que la Gracia y la correspondencia forman esa cadena que la conduce al Cielo, y a medida que el alma corresponde a la gracia, son formados los eslabones de esta cadena”.
Después ha agregado: “¿Cuál es el pasaporte para entrar en el Reino de la Gracia?. Es la Humildad. El alma, mirando siempre su nada y descubriendo que no es otra cosa que polvo, que viento, toda su confianza la pondrá en la Gracia, tanto que la hará dueña, y la Gracia tomando el dominio sobre toda el alma, la conduce por el sendero de todas las virtudes y la hace llegar a la cima de la Perfección”.
¿Qué será el alma sin gracia?. Me parecía como el cuerpo sin el alma, que se vuelve pestilente y se llena de gusanos y podredumbre por todas partes, tanto que se hace objeto de horror a la misma vista humana; así el alma sin la gracia, se vuelve tan abominable que da horror a la vista, no de los hombres, sino de aquel Dios tres veces Santo. ¡Ah Señor, líbrame de tanta desgracia y del monstruo abominable del pecado!.
Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 3, 31 de Enero de 1900


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