Esta mañana mi siempre amable Jesús se hacía ver bajo una tempestad de golpes, y
con Su dulce mirada me miraba pidiéndome ayuda y refugio. Yo me he arrojado hacia Él para
quitarlo de aquellos golpes y encerrarlo en mi corazón, y Jesús me ha dicho:
“Hija Mía, Mi Humanidad bajo los golpes de los flagelos callaba, y no sólo callaba la
boca, sino todo en Mí callaba: callaba la Estima, la Gloria, la Potencia, el Honor; pero con
mudo lenguaje hablaban elocuentemente Mi Paciencia, las humillaciones, Mis Llagas, Mi
Sangre, el aniquilamiento casi hasta el polvo de Mi Ser; y Mi Amor ardiente por la salud de las
almas ponía un eco a todas Mis penas.
He aquí hija Mía el verdadero retrato de las almas
amantes, todo debe callar en ellas y en torno a ellas: Estima, Gloria, placeres, honores,
grandezas, voluntad, criaturas, y si las hubiera, debe estar como sorda y como si nada viera,
en cambio debe hacer entrar en ella Mi Paciencia, Mi Gloria, Mi Estima, Mis Penas, y en todo lo
que hace, piensa, ama, no será otra cosa que Amor, el cual tendrá un solo eco con el Mío y Me
pedirá almas.
Mi Amor por las almas es grande, y como quiero que todos se salven, por eso voy en busca de almas que Me amen y que tomadas por las mismas ansias de Mi Amor,
sufran y me pidan almas. Pero, ¡ay de Mí, qué escaso es el número de los que Me escuchan!”


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