Me sentía abandonada por el Cielo y por la tierra, y pensaba entre mí que Jesús me
había dicho hace ya mucho tiempo, que yo debía vivir en el duro exilio de la vida como si no
existiera nadie más que Jesús y yo, todos debían desaparecer de mi mente y de mi corazón.
Y ahora, después de que todo me ha desaparecido y habituada a vivir sólo con Jesús, también
Él ha huido dejándome sola en poder de amarguras indecibles en el duro estado de
aislamiento. ¡Oh! Dios, qué pena, ten piedad de mí, regresa a quien siente necesidad de tu
Vida más que de la vida propia. Ahora, mientras esto pensaba y otras cosas más
desgarradoras aún, que sería demasiado largo el decirlas, mi dulce Jesús se ha movido en mi
interior, y suspirando me ha dicho:
“Hija de Mi Supremo Querer, ánimo en tu aislamiento, éste sirve como compañía a Mi
Voluntad abandonada por las criaturas; el dolor de su aislamiento, ¡oh, cómo es más duro que el tuyo!. Mi Voluntad es la Madre de todas las voluntades de las criaturas, Ella, como Madre
ternísima se ha quedado en el centro de la Creación para dar a luz a las voluntades humanas
y tenerlas todas en torno a Ella, subirlas sobre Sus rodillas, nutrirlas con la leche de Sus
enseñanzas celestiales y hacerlas crecer a Su semejanza, dándoles toda la Creación donde
entretenerse, y como Mi Voluntad es centro de cada cosa creada, a cualquier parte que las
criaturas fueran, Ella como centro de cada cosa les estaría más que madre afectuosa siempre
cerca, para no hacerles faltar jamás Sus cuidados maternos y para no dejarlas descender de
Su nobleza y semejanza. Pero, ¡ay de Mí! Estas hijas, estas voluntades humanas paridas por
esta Madre Celestial de Mi Voluntad, despreciando y no apreciando todos los cuidados
maternos, Su amor, Sus ternuras y premuras, a pesar de que Ella está junto a ellas, las
voluntades humanas están lejanas de esta Madre, muchas ni siquiera la conocen, otras la
desprecian y hacen de Ella mofa.
Pobre Madre que es Voluntad, en medio de tantas hijas
paridas por Ella queda aislada, abandonada, y mientras todas toman de lo suyo para vivir, se
sirven de todo para crecer a Su desemejanza y para ofenderla; ¿se puede dar dolor más
grande para una madre que el abandono de sus propios hijos, no ser conocida por el parto de
sus propias entrañas, y cambiándose en enemigas ofendan a Aquélla que las ha dado a luz?. Por eso el dolor del aislamiento de Mi Voluntad es grande e inconcebible. Por eso tu
aislamiento sea la compañía de esta Madre aislada, que llora y busca a Sus hijas, que por
cuanto llora, grita y llama a Sus hijas con las voces más tiernas, con las lágrimas más
amargas, con los suspiros más ardientes y con las voces más fuertes de castigos, estas hijas
ingratas se están lejanas del seno de Aquélla que las ha generado. Hija Mía, ¿no quieres
tomar parte, como verdadera hija fiel de Mi Voluntad, en Su dolor y en Su aislamiento?”
Después me he puesto a hacer la adoración a mi Crucificado Jesús, y delante de mi
mente pasaba una larga fila de soldados, todos armados, que no terminaba jamás. Yo habría
querido pensar en mi Crucificado Jesús y ya no ver soldados, pero a pesar mío me veía
obligada a ver estos soldados armados. Entonces pedía a mi dulce Jesús que alejara de mí
esta vista a fin de que pudiera quedar libre con Él, y Jesús todo afligido me ha dicho:
“Hija Mía, cuanto más el mundo aparentemente parece en paz, alaba la paz, tanto más
bajo aquella paz efímera y enmascarada esconden guerras, revoluciones y escenas trágicas
para la pobre humanidad, y cuanto más parece que favorecen Mi Iglesia y la alaban, canten
victorias y triunfos y prácticas de unión entre Estado e Iglesia, tanto más cercana está la
contienda que preparan contra Ella. Así fue de Mí, hasta en tanto que no Me aclamaron Rey y
Me recibieron en triunfo, Yo pude vivir en medio de los pueblos, pero después de Mi entrada
triunfal en Jerusalén no me dejaron vivir más, y después de pocos días Me gritaron ‘crucifícalo’
y armándose todos contra Mí Me hicieron morir. Cuando las cosas no parten de un fondo de
verdad, no tienen fuerza de reinar largamente, porque faltando la verdad falta el amor y falta la
vida que las sostiene, y por eso es fácil que salga fuera lo que escondían y cambian la paz en
guerra, los favores en venganzas. ¡Oh, cuántas cosas imprevistas están preparando!”.
Jesús ha desaparecido, y yo he quedado toda afligida y pensaba entre mí: “Mi amado
Jesús me ha dicho tantas veces que yo soy la pequeña recién nacida de la Divina Voluntad,
por eso recién nacida apenas, sin haber formado mi pequeña vida en este Querer Supremo.
Jesús, ahora que tenía más necesidad de formar mi crecimiento me deja sola, entonces yo
seré como un parto abortado de la Divina Voluntad, sin tener existencia. ¿No ves Amor mío en
qué estado lamentable me encuentro, y cómo Tus mismos designios sobre mí se resuelven en
la nada?. ¡Ah! si no quieres tener piedad de mí, ten piedad de Ti mismo, de Tus designios y de
Tus trabajos que has hecho a mi pobre alma”. Pero mientras mi pobre mente quería
adentrarse en el estado doloroso en el cual me encuentro, mi amado Bien ha salido de dentro
de mi interior, y mirándome toda de la cabeza a los pies me ha dicho:
“Hija Mía, en Mi Voluntad no hay muertos ni abortos, y quien vive en Ella contiene por
vida la Vida de Mi Voluntad, y aunque se sienta morir, o aun muerta, se encuentra en Mi Voluntad, la cual conteniendo la vida la hace resurgir a cada instante a nueva luz, a nueva
belleza, gracia y felicidad, deleitándose en conservarla siempre pequeña en sí, para tenerla
grande con Ella; pequeña pero fuerte, pequeña pero bella, recién nacida apenas, a fin de que
nada de humano tenga, sino todo divino, así que su vida es sólo Mi Voluntad, la cual llevará a
cabo todos Mis designios, sin que nada se pierda. Serás como la gota de agua sumergida en
el gran mar, como un grano en las grandes masas de los graneros; por cuanto la gota de agua
parezca como desaparecida en el mar y el grano en los innumerables granos, no se puede
negar ni quitarle el derecho de que su vida existe. Por eso no temas, y haz de tal manera que
pierdas tu vida para adquirir el derecho de tener por vida Mi sola Voluntad”.
Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 18, 24 de Enero de 1926