miércoles, 19 de agosto de 2026

LAS PENAS QUE LA DIVINIDAD INFLIGÍA EN EL INTERIOR DE JESÚS. LAS PENAS DE LA PASIÓN FUERON SOMBRAS Y SEMEJANZAS DE LAS PENAS INTERNAS



                    Encontrándome en mi habitual estado (1), el dulce Jesús me hacía sufrir parte de Sus penas y de Sus muertes que sufrió por cada una de las criaturas. Por mis pequeñas penas comprendía cuán atroces y mortales habían sido las penas de Jesús, entonces me ha dicho: 

                    “Hija Mía, Mis penas son incomprensibles a la naturaleza humana, las mismas penas de Mi Pasión fueron sombras o semejanzas de Mis penas internas. Mis penas internas Me eran infligidas por un Dios Omnipotente, al cual ninguna fibra podía esquivar el golpe; las de Mi Pasión me eran infligidas por los hombres, los cuales no teniendo ni la omnipotencia ni la omnividencia, no podían hacer lo que ellos mismos querían, ni podían penetrar en todas Mis fibras internas. Mis penas internas estaban encarnadas y Mi Misma Humanidad era transformada en clavos, en espinas, en flagelos, en llagas, en martirio, tan crueles que me daban muertes continuas, éstas eran inseparables de Mí, formaban Mi Misma Vida; en cambio las de Mi Pasión eran extrañas a Mí, eran espinas y clavos que se podían clavar, y queriendo se podían también quitar, y el solo pensamiento de que una pena se puede quitar es un alivio; pero Mis penas internas, que eran formadas por la misma carne, no había ninguna esperanza de que se Me pudieran quitar, ni disminuir la agudeza de una espina, del traspasarme con clavos. 

                    Mis penas internas fueron tales y tantas, que las penas de Mi Pasión las podría llamar alivios y besos que daban a Mis penas internas, que uniéndose juntas daban el último testimonio de Mi grande y excesivo Amor por salvar a las almas. 

                    Mis penas externas eran voces que llamaban a todos a entrar en el océano de Mis penas internas, para hacerlos comprender cuánto Me costaba su salvación. Y además, por tus mismas penas internas, comunicadas por Mí, puedes comprender en algún modo la intensidad continua de las mías. Por eso date ánimo, es el amor lo que a esto Me empuja”.


Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 14, 19 de Agosto de 1922


1- Por una particular disposición de Dios, Luisa Piccarreta permanecía toda la noche sumida en un profundo éxtasis, paralizada, mientras recibía luces del Cielo; tan sólo conseguía liberarla de aquél místico trance la bendición del Sacerdote, que cada mañana celebraba la Santa Misa en su dormitorio. Este "sueño extático" era tan cotidiano para Luisa que ella lo definió en sus escritos como "mi habitual estado". Dicha fenomenología no fue exclusiva de Piccarreta, se dio con anterioridad en Santa Catalina de Siena y casi a la vez en la mística portuguesa Alexandrina Da Costa, entre otras almas privilegiadas.


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