Encontrándome fuera de mí misma, me he encontrado girando en las iglesias, haciendo el peregrinaje a Jesús Sacramentado con el Ángel Custodio, y habiendo dicho dentro de una iglesia:
“Prisionero de Amor, Tú estás abandonado y solo, y yo he venido a hacerte compañía, y mientras Te hago compañía intento amarte por quien Te ofende, alabarte por quien Te desprecia, agradecerte por quien derramaste gracias y no Te rinde el tributo del agradecimiento, consolarte por quien Te aflige, repararte cualquier ofensa, en una palabra, intento hacerte todo lo que están obligadas a hacerte las criaturas por haberte quedado en el Santísimo Sacramento, y tantas veces intento repetirlas por cuantas gotas de agua, cuantos peces y granos de arena hay en el mar”.
Mientras esto decía, ante mi mente se han puesto todas las aguas del mar y dentro de mí decía:
“Mi vista no puede abarcar toda la vastedad del mar, ni conoce la profundidad y el peso de aquellas inmensas aguas, pero el Señor conoce el número, su peso y medida”. Y me quedaba toda maravillada. Mientras estaba en esto, el Bendito Jesús me ha dicho:
“Tonta, tonta que eres, ¿por qué te maravillas tanto? Lo que a la criatura le es difícil e imposible, al Creador le es fácil y posible, e incluso natural; sucede en esto como a alguien que mirando en un abrir y cerrar de ojos millones y millones de monedas, dice para sí: “Son innumerables, ¿quién las puede contar? Pero el que las ha puesto en ese lugar, en una palabra lo puede decir todo, son tantas, valen tanto, pesan tanto; hija Mía, Yo sé cuántas gotas de agua puse Yo Mismo en el mar, y ninguno puede perderme ni siquiera una sola, Yo numeré todo, pesé todo y valoré todo, y así de todas las otras cosas; entonces, qué maravilla que sepa todo”.
Al oír esto he dejado de admirarme, más bien me he admirado de mi locura.
Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 6, 10 de Agosto de 1904

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