Estaba haciendo la hora de la Pasión en la que mi Mamá Dolorosa recibió en Sus brazos
a Su Hijo muerto y lo depositó en el sepulcro, y en mi interior decía: “Mamá mía, junto con
Jesús pongo en Tus brazos todas las almas, a fin de que a todas las reconozcas como hijas
Tuyas, y una por una las escribas en Tu Corazón y las pongas en las Llagas de Jesús; son hijas
de Tu dolor inmenso y esto basta para que las reconozcas y las ames; y quiero poner todas las
generaciones en la Voluntad Suprema, a fin de que ninguna falte, y a nombre de todas Te doy
consuelos, compadecimientos y alivios divinos”.
Ahora, mientras esto decía, mi dulce Jesús
se ha movido en mi interior y me ha dicho:
“Hija Mía, si supieras cuál fue el alimento con el que alimentó a todos estos hijos Mi
doliente Mamá”.
Y yo: “¿Cuál fue, oh mi Jesús?”
Y Él de nuevo:
“Como tú eres Mi pequeñita, elegida por Mí para la Misión de Mi Querer y
vives en aquel Fiat en el cual fuiste creada, quiero hacerte saber la Historia de Mi Eterno
Querer, Sus alegrías y Sus dolores, Sus efectos, Su valor inmenso, lo que hizo, lo que recibió, y
quién tomó a corazón Su defensa.
Los pequeños son más atentos a escucharme porque no
tienen la mente llena de otras cosas, están como en ayunas de todo, y si se les quiere dar otro
alimento sienten asco, porque siendo pequeños están habituados a tomar sólo la leche de Mi
Voluntad, que más que madre amorosa los tiene pegados a Su divino pecho para alimentarlos
abundantemente, y ellos están con sus boquitas abiertas para esperar la leche de Mis
enseñanzas, y Yo Me divierto mucho; ¡oh, cómo es bello verlos ahora sonreír, ahora alegrarse
y ahora llorar al oírme narrar la historia de Mi Voluntad!.
El origen de Mi Voluntad es eterno,
jamás entró el dolor en Ella; entre las Divinas Personas esta Voluntad estaba en suma
concordia, es más, era una sola; en cada acto que emitía fuera, tanto ad intra cuanto ad extra,
nos daba infinitas alegrías, nuevos contentos, felicidad inmensa, y cuando quisimos poner
fuera la máquina de la Creación, ¿cuánta Gloria, cuántas armonías y honor no nos dio?.
En
cuanto brotó el Fiat, este Fiat difundió Nuestra belleza, Nuestra luz, Nuestra potencia, el orden,
la armonía, el Amor, la Santidad, todo, y Nosotros quedamos glorificados por las mismas
virtudes Nuestras, viendo por medio de Nuestro Fiat el florecimiento de Nuestra Divinidad
reflejada en todo el Universo.
Nuestro Querer no se detuvo, henchido de Amor como estaba
quiso crear al hombre, y tú sabes la historia de él, por eso sigo adelante. ¡Ah! fue
precisamente Él quien llevó el primer dolor a Mi Querer, trató de amargar a Aquél que tanto lo
amaba, que lo había hecho feliz. Mi Querer lloró más que una tierna madre, lloró a Su hijo
lisiado y ciego sólo porque se ha sustraído de la Voluntad de la madre; Mi Querer quería ser el
primero en obrar en el hombre, no para otra cosa sino para darle nuevas sorpresas de amor,
de alegrías, de felicidad, de luz, de riquezas, quería siempre dar, he aquí el por qué quería
obrar, pero el hombre quiso hacer su voluntad y rompió con la Divina; ¡jamás lo hubiese
hecho!.
Mi Querer se retiró y él se precipitó en el abismo de todos los males. Ahora, para
volver a anudar a estas dos voluntades, se necesitaba Uno que contuviera en Sí una Voluntad
Divina, y por eso Yo, Verbo Eterno, amando con un Amor eterno a este hombre, decretamos
entre las Divinas Personas que tomara carne humana para venir a salvarlo y volver a unir las
dos voluntades separadas.
¿Pero dónde descender?. ¿Quién debía ser Aquélla que debía
prestar Su carne a Su Creador?. He aquí por qué elegimos una criatura, y en virtud de los méritos previstos del futuro Redentor fue exenta de la culpa de origen, Su querer y el
Nuestro fueron uno solo, fue esta Celestial Criatura la que comprendió la Historia de Nuestra
Voluntad. Nosotros, como a pequeñita, todo le narramos, el dolor de Nuestro Querer y cómo el
hombre ingrato con el romper su voluntad con la Nuestra, había encerrado Nuestro Querer en
el cerco divino, como obstruyéndolo en Sus designios, impidiendo que pudiera comunicarle Sus
bienes y la finalidad para la que había sido creado.
Para Nosotros el dar es hacernos felices y
hacer feliz a quien de Nosotros recibe, es enriquecer sin Nosotros empobrecer, es dar lo que
Nosotros somos por naturaleza y formarlo en la criatura por gracia, es salir de Nosotros para
dar lo que poseemos, con el dar, Nuestro Amor se desahoga, Nuestro Querer hace fiesta; ¿si
no debíamos dar, para qué formar la Creación?. Así que el sólo no poder dar a Nuestros hijos,
a Nuestras amadas imágenes, era como un luto para Nuestra Suprema Voluntad; sólo con ver
al hombre obrar, hablar, caminar, sin la conexión con Nuestro Querer, porque él la había
destrozado, y que debían correr hacia él si estaba con Nosotros, corrientes de gracias, de luz,
de Santidad, de ciencia, etc., y no pudiéndolo hacer, Nuestro Querer se ponía en actitud de
dolor; en cada acto de criatura era un dolor, porque veíamos aquel acto vacío de valor divino,
privado de belleza y de Santidad, todo desemejante de Nuestros actos.
¡Oh! cómo comprendió
la Celestial Pequeña este Nuestro sumo dolor y el gran mal del hombre al sustraerse de
Nuestro Querer, ¡oh! cuántas veces Ella lloró ardientes lágrimas por Nuestro dolor y por la gran
desventura del hombre, y por eso Ella, temiendo, no quiso conceder ni siquiera un acto de vida
a Su voluntad, por eso se mantuvo pequeña, porque Su querer no tuvo vida en Ella, ¿cómo
podía hacerse grande?.
Pero lo que no hizo Ella lo hizo Nuestro Querer, la hizo crecer toda
bella, Santa, divina; la enriqueció tanto que la hizo la más grande de todos; era un prodigio de
Nuestro Querer, prodigio de gracia, de belleza, de Santidad, pero Ella se mantuvo siempre
pequeña, tanto que no descendía jamás de Nuestros brazos, y tomando a pecho Nuestra
defensa correspondió a todos los actos dolientes del Supremo Querer, y no sólo estaba Ella
toda en orden a Nuestra Voluntad, sino que hizo suyos todos los actos de las criaturas, y
absorbiendo en Sí toda Nuestra Voluntad rechazada por ellas, la reparó, la amó, y teniéndola
como en depósito en Su Corazón virginal, preparó el alimento de Nuestra Voluntad a todas las
criaturas.
¿Ves entonces con qué alimento nutre a Sus hijos esta Madre amantísima?. Le
costó toda Su vida, penas inauditas, la misma Vida de Su Hijo, para hacer en Ella el depósito
abundante de este alimento de Mi Voluntad, para tenerlo dispuesto para alimentar a todos Sus
hijos cual Madre tierna y amorosa; Ella no podía amar más a Sus hijos, con darles este
alimento su amor había llegado al último grado, así que entre tantos títulos que Ella tiene, el
más bello título que a Ella se le podría dar es el de Madre y Reina de la Voluntad Divina.
Ahora hija Mía, si esto hizo Mi Mamá por la Obra de la Redención, también tú para la
obra del Fiat Voluntas Tua; tu voluntad no debe tener vida en ti, y haciendo tuyos todos los
actos de Mi Voluntad en cada criatura, los depositarás en ti, y mientras a nombre de todos
darás la correspondencia a Mi Voluntad, formarás en ti todo el alimento necesario para
alimentar a todas las generaciones con el alimento de Mi Voluntad.
Cada dicho, cada efecto,
cada conocimiento de más de Ella, será un gusto de más que encontrarán en este alimento,
de manera que con avidez lo comerán; todo lo que te digo sobre Mi Querer servirá para excitar
el apetito y para hacer que ningún otro alimento tomen, aún a costa de cualquier sacrificio. Si
se dijera que un alimento es bueno, que restituye las fuerzas, que sana a los enfermos, que
contiene todos los gustos, es más, que da la vida, la embellece, la hace feliz, ¿quién no haría
cualquier sacrificio para tomar ese alimento?. Así será de Mi Voluntad, para hacerla amar,
desear, es necesario el conocimiento, por eso sé atenta, recibe en ti este depósito de Mi
Querer, a fin de que cual segunda Madre prepares el alimento a Nuestros hijos, así imitarás a
Mi Mamá. Te costará también a ti, pero ante Mi Voluntad cualquier sacrificio te parecerá nada.
Hazla de pequeña, no desciendas jamás de Mis brazos y Yo continuaré narrándote la Historia
de Mi Voluntad”.
Nuestro Señor a Luisa Piccarreta, “Libro de Cielo”, Vol. 16, 24 de Noviembre de 1923